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Full text of "Impresiones americanas"

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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETXES 



E269.1 

.C699 

1908 




a 00002 57076 5 



This book is due at the WALTER R. DAVIS LIBRARY on 
the last date stamped under "Date Due." If not on hold ¡t 
may be renewed by bringing it to the library. 



DATE 
DUE 



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DATE 
DUE 



RET. 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/impresionesameriOOcont 







RSTBEL CONT C C í 



ríe (YI&la£*~ 



IMPRESIONES 

AMERICANAS 



La bobemia ..da no es ca- 

mino: es une -ion sin salida. 
RI MURGER. 



PROLOGO DE 

nÍRio riuíV- lsus s chante 



^^ 



HABANA 

IMPRENTA AVISADOR COMERCIAL 

30, AMARGURA. 30 

1908 



A la venerada memoria 
de rq¡ padre. 



AL LECTOR 



I l titulo de este libro es el mismo que di á 

las crónicas que desde New York, Washington, 
St. Louis, y otras poblaciones de los Estados 
Unidos, envié, durante algunos anos, á varios 
periódicos de Cuba ; especialmente al importan- 
te diario habanero, La Discusión. 

He procurado siempre en mis corresponden- 
cias periodísticas pintar las costumbres y el 
carácter del pueblo americano, aplaudiéndole 
con entusiasmo cuando aplausos ha merecido y 
censurándole con dureza, cuando lo he creído 
justo y oportuno. 

La bondadosa acogida que la prensa y el pú- 
blico dispensaron á mis modestísimas Impresio- 
nes Americanas, las cariñosas excitaciones de 
algunos companeros y ¿por qué no decirlo?, el 
deseo que, al igual de todos los escritores (bue- 
nos y malos) tengo de publicar mi primer libro, 



Rafael Conté 

me han decidido á recopilar en este tomo algu- 
nas de las crónicas que publiqué en La Discu- 
sión, el Diario de la Marina, La Lucha, El Fíga- 
ro, Cuba Pedagógica, El Nuevo País y Cuba de 
la Habana, El Constitucional, de Caracas y La 
Democracia, de Puerto Rico, á las cuales he 
adicionado varios trabajos inéditos, relaciona- 
dos — directa ó indirectamente — con la vida 
americana. 

De más está que diga que Impresiones Ame- 
ricanas es un libro modesto y humilde. Sién- 
dolo el autor, tiene necesariamente que serlo la 
obra. 

Lo único que con su publicación me propongo 
es, primero, entretener á los que tengan la pa- 
ciencia de leerme, y después servir á mi patria 
en la medida de mis fuerzas. 

Dadas las relaciones íntimas que nos unen á 
los Estados Unidos, el conocimiento del modo 
de ser, el carácter y sobre todo de los procedi- 
mientos de ese pueblo (tan distinto del nuestro), 
tiene por fuerza que resultar interesante, por 
lo menos, para los cubanos. 

No es otro el objeto de Impresiones Ameri- 
canas. 

De que muchos de mis juicios y apreciacio- 
nes pueden ser erróneos estoy convencido de 
antemano. No pretendo la infalibilidad. 



Impresiones Americanas 

Tampoco se me oculta que en cualquier otro 
escritor hubieran encontrado los americanos 
intérprete más feliz y los cubanos servidor más 
eficaz. 

Pero, al mismo tiempo, me permito dudar 
que ese otro hubiese juzgado a los primeros 
con más honradez, ni servido á los segundos 
con mejor deseo. 

RAFAEL CONTÉ. 

Habana, Agosto de 1908. 



¿PROLOGO? 



Q)L autor de Impresiones Americanas me pide 
un prólogo para este libro cien veces interesante, 
y yo accedo gustosísimo d su petición, no porque 
me juzgue con fuerzas y títulos bastantes d ello, 
sino por la hermosa idea de confraternidad juve- 
nil que entraña ese deseo suyo. 

Rafael Conté tiene demasiado mérito y presti- 
gio demasiado para que cualquiera de nuestros 
grandes hombres literarios se honrara con abrir 
las puertas de oro de la obra presente. 

Mas él ha preferido la firma de un compañero 
íntimo d la firma de un compañero ilustre, dando 
así inequívoca prueba de su generosidad y de su 

modestia. 

¿Quién no conoce d Conté, el escritor de altos 
quilates, el periodista inquieto, el repórter infa- 
tigable? En la prensa yanqui, en la prensa sur- 
americana y en la prensa de Cuba, ha lucido 



ii 



Rafael Conté 

siempre su nombre como blasón de talento extra- 
ordinario. 

Decía Anatole France — y no lie de seguir 
pedanteando con citas baratas de erudito á la 
violeta, — que un ser humano necesitaba para 
inspirar cariño cierta dosis de intranquilidad, 
nerviosa. 

Conté es un ser intranquilo por excelencia. 
Nunca le lie visto reposar diez minutos. Tras su 
rostro de sajona apariencia, brilla un alma tro- 
pical, un alma-sol, toda fuego, toda luz, llena de 
pasiones Jnrvientes, de impulsos generosos, artís- 
tica y soñadora. Conozco d maravilla su vivir 
trashumante, salpicado de sabrosas aventuras, 
con una novela en cada viaje, una ludia en cada 
día y una experiencia en cada hora. Hoy en la 
Habana, mañana en New York, pasado en Cons- 
tant inopia ó quizás dónde... De las "tierras 
solares" d las tierras nevadas ha ido constante- 
mente en leca romería, buscando sensaciones, 
distracción, trabajo y gloria. 

¿Quien mejor que un viajero semejante para 
describir tipos y paisajes, si sus ojos han observa- 
do d individuos de casi todas las razas y han con- 
templado á la Naturaleza en casi todas las lati- 
tudes? Por eso su pluma-pincel, que no desconoce 
ningún color, ha sabido dar tanto parecido d las 
figuras humanas y tanto relieve d los paisajes del 



Impresiones Americanas 

natural. Abrid este volumen, este álbum sor- 
préndente. Aquí encontraréis una imagen de 
mujer, cuyas líneas suaves parece que palpitan 
voluptuosamente ; allá un viejo, cuya cabeza des- 
greñada se mueve sacudida por el pensamiento; 
acullá un aguafuerte de oscuros tintes y dramá- 
tica intención; más adelante un óleo de complica- 
do asunto y raro simbolismo; cu la otra página u?ia 
acuarela de tonos finos, riente, perfumada con el 
aroma sutil del bosque ó la esencia embriagadora 
del océano. . . Vida la suya intensamente vivida, 
posee el encanto de los brotes, de las crispaturas, 
de los crepúsculos, de las tempestades, de las ba- 
tallas, de los placeres, de los dolores, de cuanto 
es efiergía, calor, movimiento, combate. 

Juventud, amazona gentil que, sobre el Pe- 
gaso de la audacia, vuelas por el mundo, de 
triunfo en triunfo, ¡cómo palpita en este libro tu 
corazón entusiasta, cómo flota tu brillante cabe- 
llera, cómo esplende tu lanza vencedora, de flore- 
cida cruz y punta recia! 

Conté, escritor varonil y realista, limpio de 
ampulosidades, claro en la emisión del juicio y 
liberal en el uso del lenguaje, resulta un estilista 
sencillo y un narrador delicioso. 

Como periodista reúne á la acción viva la re- 
flexión discreta, y á su actividad "reporteril" , 
hermana su valer pro f mido de literato. 



13 



Rafael Conté 

A mayor abundamiento he de añadir que me 
encantan su amor á los deportes, su afición al 
atletismo, el elevado concepto que le merecen las 
cosas del cuerpo, las simpatías que siente hacia 
la fuerza y la heroica idea que le inspira el hu- 
mano combatir. 

No sé por qué me sublevan los espíritus con- 
templativos, la gente que vive sólo pensando en el 
alma y en lo infinito, las personas enamoradas 
de las polillas, los roedores que, encerrados en 
las bibliotecas, perforan libracos y honras, los 
flacos de carne y energía, los intelectuales á secas. 

A mi juicio, mal merece el pan que come quien, 
sobre sus aptitudes mentales, no tiene en los 
miísculos dureza y flexibilidad para resistir unas 
veces y adaptarse otras d las exigencias materia- 
les de la vida. 

Rafael Conté es de los míos; y los míos son 
aquellos capaces de luchar y vencer con la cabeza 
y con los puños. 

M. MUÑOZ-BUSTAMANTE. 



14 



LA MUJER AMERICANA 



Ln su famoso apostrofe al pueblo americano 
dijo Eduardo de Laboulaye : « Eres el pueblo 
del porvenir: tus hombres son los más valien- 
tes ; tus mujeres las más bellas de la Creación. » 

Y al célebre escritor no lo arrastraron sus 
compatriotas al regresar á París. (!) 

Después de todo, si Laboulaye era sincero al 
escribir, hizo bien en decir lo que sentía. Son 
pocos, por desgracia, los que, como él, se atre- 
ven á hacer público lo que piensan. 

Por mi parte, puedo asegurar que si tal cre- 
yese, lo declararía sin vacilar. Pero me parecen 
un tanto exageradas las opiniones del escritor 
francés. 

La mujer americana es bella, por regla gene- 
ral, y esto se debe, principalmente, al cruza- 
miento de razas. Yo he visto en Italia y Ale- 
mania soberbios ejemplares de belleza femeni- 



15 



Rafael Conté 

na ; pero en ningún país del mundo he tenido 
ocasión de admirar tanta diversidad de mujeres 
hermosas como en los Estados Unidos. Cada 
país posee un tipo especial de belleza. En los 
del Norte, salvo contadísimas excepciones, la 
mujer es rubia, melancólica, sonrosada, tierna. 
En los meridionales, en cambio, predomina un 
tipo completamente distinto. Los Estados Uni- 
dos es el único país que posee, casi en número 
igual, todos los tipos de belleza que existen. 
La mujer rubia, la mujer morena, la de ojos 
tiernos y la de mirar abrasador, ocupan idénti- 
co espacio en el padrón de la hermosura. 

Pero bellas como son las hijas de este suelo, 
no por eso me atrevería yo á decir que son las 
más lindas de la tierra. No vacilo, en cambio, 
en afirmar que la norte-americana es, sin dispu- 
ta, la mejor educada y la más culta de todas 
las mujeres. Nótese, sin embargo, que no la 
califico de la más inteligente. Es sólo la 
más ilustrada y la que ha recibido mejor edu- 
cación. 

También es artista. Ha comprendido que el 
cabello constituye el mejor adorno de la mujer 
y cuida del suyo con esmero. No existe mujer 
mejor peinada que la norte-americana. 

Saludable, robusta, bien formada, por lo 
comiín, une su elegancia exquisita á estas do- 



ló 



Impresiones Americanas 

tes naturales, y su aspecto cautiva desde el pri- 
mer momento. 

¡ Y laboriosa . . ! En este gran país de gente 
trabajadora, quien más trabaja es la mujer. Es 
la abeja-reina de esta inmensa colmena. 

Cubanos que habéis visitado los Estados 
Unidos 3/ tenido ocasión de observar en las ca- 
lles, en las tiendas, en el teatro á la mujer ame- 
ricana, ¿ habéis tenido oportunidad de admirar- 
la en el hogar ? Es allí donde brilla con todo 
su esplendor. 






Sucede en este país una cosa muy original y 
que no ocurre en ninguna otra parte : Que el 
hombre es, intelectualmente considerado, muy 
inferior á la mujer. 

La americana, que tiene la convicción de que 
es superior al hombre, no puede (ni debe) so- 
meterse á él. Y de ahí esos rasgos dominantes 
y altaneros que se advierten en ella y que for- 
man la base de su carácter. 

No ignora la americana, sin embargo, que 
si bien intelectualmente es superior al hombre 
americano, no lo es al hombre de otros países. 
Y así la vemos arrogante y á veces indiferente 



17 



Rafael Conté 

y despreciativa con sus paisanos, y en cambio 
mansa, humilde y cariñosa con el extranjero. 






« Si las mujeres mandasen, 
en vez de mandar los hombres, 
serían balsas de aceite 
los pueblos y las naciones.» 

Así dice la letra de un popular coro de una 
popular zarzuela que iba yo á oir algunas veces 
al popular teatro de Albisu, después de aburrir- 
me de lo lindo en el popular Malecón. 

Reza el antiguo refrán, que « donde menos se 
piensa salta la liebre)). Y dice bien el refrán. 
Antes de oír ese bonito coro nunca había yo 
pensado seriamente en los buenos ó malos re- 
sultados que podría tener para la humanidad la 
subida al poder del bello sexo, ni se me había 
ocurrido siquiera que pudiese llegar un momen- 
to en que las mujeres tratasen seriamente de 
mandar. Pero después que tuve el gusto de 
oír á los coristas de Albisu estornudar una 
noche el precitado coro, no ha pasado día en 
que no haya dedicado cinco minutos por lo me- 
nos á preguntarme qué vendría á ser de los 
pobres habitantes del planeta Tierra, si llegaran 
á subir las sayas y á caer los pantalones. 



18 



Impresiones Americanas 

En un país como Cuba, naturalmente, nadie 
jamás se ha preocupado por eso. Allí el sexo 
bello es también el sexo débil. Pero aquí, 
¡ ¡ ¡ Dios nos ampare ! ! ! 

Aquí no es, como en los demás pueblos, un 
problema futuro el imperio de la mujer; aquí 
es reina ya ; lo es desde hace mucho tiempo, y 
su influencia y poderío son cada día mayores. 

New York es el paraíso de las mujeres, el 
purgatorio de los caballos y el infierno de los 
hombres. 






Y ahora, como si no tuviéramos bastante, la 
ilustre escritora Carmen Silva (que es reina 
de verdad) se descuelga con un extenso artículo 
en el que pretende demostrar las inmensas ven- 
tajas que reportaría á la humanidad el aniquila- 
miento moral (¡moral nada más!) del bípedo 
masculino. 

Carmen Silva, al escribir ese artículo, no se 
sintió literata, sino mujer. Se deja llevar de- 
masiado lejos por su parcialidad, y hace decla- 
raciones que no por ridiculas dejan de ser 
peligrosas. Porque llevan al seno del hogar el 
germen de la rebelión. 



19 



Rafael Conté 

El aludido escrito viene á ser una especie de 
proclama incitando á las hijas de Eva á la sedi- 
ción para obtener la libertad. Y el consejo me 
parece malo. 

¿ Qué mujer que haya leído el artículo de 
Carmen Silva se someterá en lo futuro a la vo- 
luntad del marido ? Aquí, en los Estados Uni- 
dos, sobre todo, donde ya se consideraban 
iguales al hombre, se considerarán ahora supe- 
riores á él. 

Hoy las mujeres yankees montan á caballo 
como llaneros, manejan admirablemente la es- 
pada y frecuentan, armadas de revólvers, las 
casas de juego y los clubs. Mañana, después 
que hayan digerido el indigesto artículo de 
Carinen Si/va, pretenderán que los hombres 
duerman al niño y aprendan á bordar. 



«Si las mujeres mandasen, 
en vez de mandar los hombres. 



unos opinan que « serían balsas de aceite los 
pueblos y las naciones » ; otros, que todo andaría 
de mal en peor. Yo no quiero dar mi opinión. 
Razones poderosas tengo para reservármela, 
entre otras, que si en algo temo incurrir es en 
el enojo de mis bellas compatriotas. 

Pero debo decir con toda franqueza que no 



Impresiones Americanas 

me gustaría mucho ver á las mujeres en el po 
der. Porque eso me haría el mismo efecto que 
el sol saliendo por el Oeste. 

Hoy ví un carruaje automóvil que tiraba de 
un caballo y aquello me pareció el mundo al 
revés. Una dama presidiendo una república 
sería una cosa igual. 



New York, Noviembre de 1902. 



21 



RACE SUICIDE 



i sto, que traducido libremente al castellano 

significa destrucción de la prole, constituye hoy 
en los Estados Unidos la nota de actualidad. 

El crimen de infanticidio se comete al por 
mayor; las columnas del registro civil anotan 
menos nacimientos cada día; los partes de poli- 
cía, en cambio, son cada vez más numerosos. 
El ser que nace ha escapado milagrosamente al 
abortivo, pero está todavía amenazado por la 
extrangulación ó el veneno. 

La. . . ¿cómo diré? cirugía clandestina se prac- 
tica de manera alarmante. También la Ciencia 
tiene sus aberraciones. En este caso olvida 
por completo su misión sagrada; y en vez de 
procurar el mejoramiento de la especie huma- 
na, contribuye á su extirpación. 

La mujer norte-americana, bella, saludable, 
robusta, cuya economía contiene gran cantidad 



23 



Rafael Conté 

de glóbulo rojo y cuyo corazón es capaz de 
grandes abnegaciones, ha degenerado en la 
parte moral. Tipo acabado de matrona, hase 
convertido en hembra estéril. 

La corrupción es cada vez mayor. No exis- 
te la prostitución reglamentada; pero existe, 
en cambio, la clandestina, que es mucho peor. 
Las tiendas y talleres son algo así como la an- 
tecámara del burdel. 

El número de matrimonios disminuye. Na- 
die quiere casarse. ¿Para qué? El amor es 
libre, ó casi libre. Y se ponen los medios para 
evitar la procreación. Los hijos siempre estor- 
ban: los propietarios se niegan á admitir fami- 
lias con niños en sus casas. Además, la ma- 
ternidad hace perder á la mujer gran parte de 
sus encantos . . . 

En las universidades los jóvenes atletas 
arrojan el disco como griegos y luchan como 
romanos en el ring. Poseen la belleza de Apo- 
lo y la fuerza de Hércules. 

. . . Pero no son padres jamás. 

Las cosas han llegado á tal extremo, que el 
gobierno ha tomado cartas en el asunto y se 
estudian varios proyectos para extirpar el mal. 

Dudo que se obtenga resultado práctico. 
La corrupción de las costumbres en los Esta- 
dos Unidos está en relación directa con el gra- 



24 



Impresiones Americanas 

do de cultura á que ha llegado el pueblo 
americano. También Roma y Grecia fueron 
corrompidas. « La Historia se repite: un siglo 
es plagio del anterior.)) 

Y aquí tenemos á los bárbaros en casa. No 
está lejano el día en que este gran país sea 
conmovido por una espantosa revolución so- 
cial. 

La estatua de Bartholdi que se levanta so- 
berbia á la entrada del puerto de New York, 
necesita un pendant. Una estatua de Afrodita, 
colocada al otro lado del río, no resultaría en- 
teramente fuera de lugar. Porque al divisar- 
las, el viajero que llegara comprendería que 
arribaba, no sólo á la tierra de la libertad, sino 
también á la de la corrupción. 

Algunos de los muchos que se han ocupado 
de este grave problema echan la culpa de todo 
cuanto ocurre á los franceses. « Son ellos, di- 
cen, los que han enseñado á las mujeres ame- 
ricanas ese arte diabólico que hace disminuir 
nuestra raza.)) 

El hecho es que también en Francia se ha 
levantado un grito de indignación contra ese 
crimen de lesa humanidad. Y allá como acá 
han tratado los caballeros andantes de la de- 
cencia de poner coto al mal. Y nada han po- 
dido conseguir. 



25 



Rafael Conté 

— ¡Como está el mundo!, exclaman los bue- 
nos, que en todas partes son los imbéciles. 

Y se quedan muy convencidos de que esto 
va mal ; que la situación ha empeorado y que 
los habitantes del planeta se han hecho peores. 

Y no tienen razón ; porque el mundo siempre 
ha sido peor y sus habitantes no han hecho 
otra cosa que lamentarse, desde Noé, que se 
quejaba de la falta de lluvia, y pocos días des- 
pués, encerrado en el arca, maldecía del dilu- 
vio, hasta nuestros hacendados, que rabiaban 
cuando el azúcar bajó (!) á ocho reales la pri- 
mera vez, y continuaron rabiando cuando vol- 
vió á subir, y pusieron el grito en las nubes 
cuando bajó á cuatro reales y ahora lo ponen 
en el quinto cielo porque ha mejorado un tanto 
la situación del mercado. 

La humanidad tiene eso de común con las 
almas en pena y los poetas decadentistas: que 
siempre está lloriqueando y lamentándose por 
algún motivo. 



New York, Abril de 1903 



26 



* 

EL FANATISflO RELIGIOSO 
EN LOS ESTADOS UNIDOS 



H 



oy ha terminado la Cuaresma, con gran 
alegría de los que no creemos que para ser buen 
cristiano y ganar el cielo es preciso pasarse va- 
rios días convertido en Capitán Nemo, sin co- 
mer otra cosa que pescado. 

Este gran país, que tanto bueno encierra y 
que tan excelentes cualidades posee, adolece de 
un gravísimo defecto : es fanático en grado su- 
perlativo. 

Tenemos la costumbre los latinos de censu- 
rar con exagerada dureza todas nuestras faltas, 
aun las más leves, y de ensalzar, en cambio, 
más exageradamente si cabe, las virtudes aje- 
nas, por dudosas que sean. 

Hablad mal de un país cualquiera, que no sea 
el suyo, á un americano ó á un inglés, y se en- 



27 



Rafael Conté 

cogerá desdeñosamente de hombros, 6 se apre- 
surará á participar de vuestra opinión. Y si es 
de pura sangre, añadirá : « ¡ Qué diferencia á 
nosotros! el nuestro sí que es un país ideal! » 

Y en cambio un latino (especialmente si es 
de raza española) parece que goza cuando 
alguien, en su presencia, dice pestes de su 
patria; y al mismo tiempo está siempre dis- 
puesto á romper lanzas en defensa de John Bull 
y de su primo Jonathan. 

Hago esta digresión por dos motivos: en 
primer lugar, porque sé de antemano que no 
faltarán anglo-sajones honorarios que me cen- 
surarán amargamente por haber cometido el 
horrendo crimen de decir que en los Estados 
Unidos impera el fanatismo, y en segundo lugar, 
porque voy á ocuparme de asuntos eclesiásticos 
(ejem !) y por asociación de ideas me viene á 
la memoria el suelto periodístico del Heraldo de 
Madrid, que reproduce y comenta mi amigo y 
compañero Francisco Hermida, en carta recien- 
te á La Discusión, desde la capital de España. 

Me refiero al cura que, al pasar el Viático 
por la calle del Ferrocarril, obligó á un pacífico 
habitante de la Villa y Corte á despojarse del 
sombrero, haciéndole prender después. 

Se queja el diario madrileño de que suceso 
tan escandaloro haya ocurrido en la ciudad 



28 



Impresiones Americanas 

principal de España, en pleno siglo xx; y no 
necesito haberlo oído para estar seguro de que 
muchos de los que se hayan enterado de la 
ocurrencia, se habrán apresurado á exclamar: 
((Eso no se vé más que en España! ¡ Qué 'había un 
cura de cometer semejante atropello en otro país/» 
Pues bien: sepan los que tal hayan dicho ó 
pensado, que aquí, en los Estados Unidos, la 
tierra de la libertad y la democracia, un cura 
es capaz de eso y mucho más, y no hay perió- 
dico QUE SE ATREVA Á PUBLICAR UN SUELTO COMO 

el de El Heraldo. 

Un diario americano (de New York sobre 
todo) que no vacila en llamar ladrón con todas 
sus letras á un Jefe de Policía, á un Goberna- 
dor y aun á un Secretario de la Guerra, no se 
atrevería á dirigir á un cura el menor ataque, 
porque perdería todos sus suscriptores, si es 
que una turba de fanáticos no invadía las ofici- 
nas y lynchaba al director. 

Hé aquí un ejemplo que pone de manifiesto 
á qué grado de locura llega el fanatismo reli- 
gioso de los norte-americanos : 

No hace mucho tiempo, el verano pasado, se 
exhibían en una iglesia de esta ciudad algunos 
fragmentos de huesos humanos y varios trapos 
inmundos, á los que se daba el nombre de Re- 
liquias de Santa Ana, atribuyéndoseles virtudes 



29 



Rafael Conté 

curativas verdaderamente prodigiosas. Con só- 
lo besar aquellas inmundicias, los ciegos reco- 
bran la vista, los mudos el habla, los paralíticos 
el uso de sus miembros. 

El pueblo (¡EL GRAN PUEBLO AMERICANO!) 

creía á puños cerrados las patrañas que refe- 
rían los curas que custodiaban las «reliquias» ; y 
era tal la afluencia de gente á la iglesia, que la 
policía lograba con dificultad mantener el orden. 

; Naturalmente! todos los que besaban aque- 
llas porquerías salían diciendo que estaban 
completamente curados. 

¿Quién no ha leído Lourdes, la gran novela 
del gran Zola? 

Un médico que residía cerca de la iglesia 
donde tales milagros ocurrían, resuelto a poner 
término á la bochornosa comedia, pagó una 
buena suma á un negro, para que se paseara 
por los alrededores del templo llevando un car- 
telón en el que se leía lo siguiente : 



Examino gratis á todas 
aquellas personas que quieran 
venir á mi clínica. Y si á un 
inválido que haya yo desahucia- 
do lo curan luego las Reliquias 
de Santa Ana, estoy dispuesto á 
regalarle mil pesos. 



30 



Impresiones Americanas 

El pobre negro se presentó con su cartel 
frente á la iglesia, y cinco minutos después era 
¡¡¡despedazado!!! por aquella muchedumbre 
de fanáticos, á quienes exhortaban desde la 
puerta del templo los curas, crucifijo en mano. 

New York, Abril de 1003. 



* * 



¡ Y luego dirán de Londres y de Liverpool. . . ! 

Allí, por lo menos, el humo es de carbón, 
mientras que aquí . . ! 

¡ Ríanse ustedes de eclipses, y de terremotos, 
y de Mont Pelees. Nada de esto puede compa- 
rarse á la espesa humareda que nos envuelve. 

El cielo, de un purísimo azul hace tres días, 
estuvo gris anteayer; ayer negro como la tinta 
y hoy. . . ¡ bueno ! hoy no tenemos cielo. ¡ Pobres 
poetas! 

Se respira algo así como cisco de carbón, y 
todo, hasta el poco aire que circula, tiene color 
de polvo de ladrillo. 

New York se ha convertido en el vórtice de 
una gran conflagración. Los bosques seculares 
de New England, Maine, Long Island y los 
Adirondacks están ardiendo, y un espantoso 



Rafael Conté 

círculo de fuego y humo rodea la Ciudad Im- 
perial. 

El sol, casi eclipsado, parece huía de teatro 
de vaudeville. No da luz ni calor. Permanece 
oculto casi todo el día, y de repente, cuando ya 
nadie se acuerda de él, se presenta ofreciéndose 
á la vista por espacio de cinco minutos, hecho 
un queso de bola sideral. Desprovisto de su 
brillante cabellera, carece de fuerza y de vigor; 
y semejante á un Sansón rasurado, se tambalea 
en el espacio, con traspiés de borracho trasno- 
chado, que se dirige á su casa en medio de las 
tinieblas de la noche. 

Vista desde el mar, New York es una som- 
bra. Y todo el mundo está de mal humor. El 
único habitante de la metrópoli que se siente 
feliz es Vargas Vila. Y á f e que no le falta 
razón. 

¿Puede darse mayor ventura para un deca- 
dentista que residir en el seno de una sombra 
larga tan interesante como New York? 

Y ¡contraste notable! Mientras los estados 
del Este son barridos por una inmensa falange 
de llamas, los del Oeste sufren los horrores de 
una espantosa inundación. Las torrenciales 
lluvias de los días pasados han desbordado los 
grandes ríos, que, salidos de madre, han su- 
mergido poblaciones enteras. St. Louis, la 



32 



Impresiones Americanas 

admirable St. Louis, ha recibido ya los prime- 
ros embates del temporal. Su río, el ma- 
jestuoso Mississippi, ha rebasado su cauce, pre- 
cipitándose, como irresistible avalancha, sobre 
la progresista ciudad. 



Y en el Oeste, lo mismo que en el Este, los 
curas han tomado cartas en el asunto y comen- 
zado á orar. Los de acá para que llueva: los 
de allá para que cese de llover. 

Es probable que el encargado, allá en el cie- 
lo, de dispensar aguaceros, se sienta á estas 
horas vacilante y lleno de perplejidad. ¿A qué 
curas complacer, á los de New York ó á los de 
Missouri? 

Esta mañana, en la catedral católica de St. 
Patrick, presencié un espectáculo que me im- 
presionó vivamente. 

El templo estaba lleno de una muchedumbre 
de. . . fieles, que creía á ojos cerrados que basta- 
ba con que ellos se dieran golpes de pecho y 
echaran á perder los pantalones por las rodillas 
para que lloviera. 

El pastor de ese rebaño espiritual (que me- 
recía ser lanar) era un curazo de seis pies de 
alzada. Desde las gradas del altar, elevaba sus 
preces al Altísimo en latín, idioma que ninguno 



33 



Rafael Conté 

de los presentes (sin exceptuarlo á él) entendía 
probablemente, pidiendo agua. 

Yo no había ido al templo á orar para que 
lloviera, sino á admirar un magnífico cuadro 
de Dannat que acaba de adquirir la Catedral. 
Después que hube contemplado durante largo 
rato el hermosísimo lienzo, me puse á examinar 
al cura, que con cinismo majestuoso (cuando el 
cinismo es mucho no deja de tener cierta ma- 
jestad), que con cinismo majestuoso, digo, se 
hacía intermediario entre los que perdían su 
tiempo oyéndole y Dios. 

Aquel hombre, capaz de derribar una monta- 
na, bajaba al suelo sus ojillos grises con un 
aire de fastidio muy marcado, que los fieles, sin 
duda, traducían por humildad. Su cara era 
roja, de un rojo algo violáceo, y su labio infe- 
rior, colgante, denotaba, 6 mucha altanería, 
ó mucha corrupción. Bajo aquella sotana po- 
dían desde luego adivinarse los calzones. Su 
rostro estaba sombreado de espesa barba que 
pugnaba por salir, y en toda su persona llevaba 
impreso en gruesos caracteres el sello de la vi- 
rilidad. 

Aquellos cañones de cerda negra, asomando 
por los gruesos poros de su rostro rubicundo, 
estaban en abierta lucha con el dogma; aquellos 
brazos, aquellas espaldas de gladiador, parecía 



34 



Impresiones Americanas 

como que se rebelaban contra el Concilio de 
Trento. 

— ; Dios Todopoderoso, dadnos lluvia!, re- 
petía. 



A las doce pasaba yo por delante del café del 
famoso pugilista Kid Me. Coy, situado en la es- 
quina de la calle 40 y Broadway, cuando en un 
grupo alegre que salía del establecimiento des- 
cubrí á mi cura. Iba vestido de paisano, y lle- 
vaba el traje seglar bastante bien. Los que le 
acompañaban eran sports del Tenderloin. 

El Ministro del Señor, que horas antes rezaba 
en la Catedral para que lloviera, observó con 
aire de mal humor las nubes, y volviéndose á 
sus amigos exclamó con una interjección: 

— i Verán ustedes como viene la lluvia á fas- 
tidiarnos y á ser causa de que se suspenda el 
match de base balll 

New York, Junio de 1903. 

Acabo de regresar á mi casa, después de un 
prolongado paseo. 

Contra mi costumbre, he andado más de 
veinte cuadras á pie. 



35 



Rafael Conté 

Y no vayan ustedes á creer que mi larga ex- 
cursión en el famoso coche de San Francisco, 
obedeciera á falta de carruajes ó tranvías, que 
dicho sea en honor de la verdad, abundan en 
St. Louis. 

Mi caminata se debió única y exclusivamente 
á que deseaba observar con detenimiento ciertas 
tiendas de campaña, idénticas á las de los circos, 
que habían llamado mi atención desde que lle- 
gué á esta ciudad. 

No se dan cien pasos en St. Louis sin trope- 
zarse con una de esas tiendas. 

En un principio creí que su objeto era cele- 
brar en ellas funciones de caballitos, y esto me 
pareció muy lógico y natural, considerando que 
nos encontramos en plena exposición. 

Esta noche, sin embargo, he podido com- 
prender mi error. 

En el trayecto de veinte cuadras que he re- 
corrido, encontré nueve tiendas, y hé aquí lo 
que cada una de ellas encerraba: 

Un cura, un sacristán, un piano y una gran 
muchedumbre de imbéciles. 

El cura recitaba los versículos más conocidos 
del Nuevo Testamento y entonaba los salmos 
más populares del Antiguo, acompañándose al 
piano. Este (el piano) gemía bajo las manazas 
del cura; los imbéciles repetían las palabras del 



36 



Impresiones Americanas 

cura con mucha devoción (la devoción es el 
síntoma más infalible de que no se ha entendi- 
do lo que se oye) y, por último, el sacristán, 
con una cara muy expresiva de sinvergüenza, 
pasaba la bandeja, en la que los imbéciles depo- 
sitaban sendos green backs. 

Todas las tiendecitas de marras eran otras 
tantas iglesias improvisadas, en las cuales se 
predicaban toda clase de religiones, por toda 
clase de curas, que se acompañaban en toda 
clase de pianos, y eran escuchados con gran 
devoción por toda clase de imbéciles, á quienes 
pedían dinero toda clase de sacristanes. 

Oh! Las ametralladoras de Kurokiü venía 
yo pensando. ¿ Qué se ha hecho de vosotros, 
cañones de Kuropatkin? 

He dicho muchas veces en este mismo perió- 
dico, desde New York, que los norteamericanos 
son fanáticos en grado superlativo. 

Pero jamás hubiera podido creer que su fa- 
natismo llegara á tal extremo, si no lo hubiese 
visto con mis propios ojos, como acabo de 
verlo. 

La mayor parte de los curas que en esas 
iglesias de lona predican, son entes vulgares 
y corrompidos, pues de no serlo, ejercerían su 
ministerio con más decoro. 

Sus sermones se reducen á repetir los ver- 



37 



Rafael Conté 

sículos de la Biblia y terminan invariablemente 
pidiendo dinero á los fieles. 

El gobierno no hace nada para impedir ese 
robo descarado que se comete en medio de la 
calle, sirviendo los Evangelios de máscara al 
ladrón. 

Algunos de esos predicadores hacen fortuna, 
como el célebre Dowie. Otros fracasan en su 
empresa y se hacen misioneros. El gobierno 
tiene á estos últimos en gran estima. 

Un misionero, lo sabe todo el mundo, es el 
primer eslabón de una cadena á cuyo extremo 
opuesto se encuentra una carbonera ó una esta- 
ción naval. 



St. Louis, Agosto de 1904. 



38 



Mí AMIGO NAKAMURA 



D, 



espués de un viaje monótono, molesto, ma- 
lísimo y otra porción de entes á cual más morro- 
cotuda, hemos llegado al río Mississippi, cuya 
corriente remontamos en estos momentos, con 
tiempo hermoso, agradable temperatura y mu- 
chas ganas de llegar. 

Hasta las nueve de la noche — el capitán aca- 
ba de decirme — no estaremos en New Orleans ; 
y como he cometido el horrendo crimen de no 
adoptar la ciudadanía americana, hasta mañana 
no me será permitido saltar á tierra. 

Esto significa que no llegaré á Saint Louis 
hasta el sábado ; y como ese día tendré que de- 
dicarlo necesariamente al descanso, hasta el lu- 
nes no podré visitar la Exposición. 

Entre tanto, escribiré algo acerca de mi buen 
amigo Nakamura, un japonés muy simpático y 
excesivamente amarillo, que acaba de girar una 



39 



Rafael Conté 

visita de inspección á Cuba, en calidad de intér- 
prete y secretario de su compatriota Mr. R. Ota, 
comisionado del Gobierno del Mikado en la Ex- 
posición de Saint Louis. 

Cuando llegué á bordo del Excelsior y me 
hube enterado de que los dos ilustres hijos del 
imperio del Sol Naciente iban á ser mis compa- 
ñeros de viaje, mi alegría no tuvo límites. Vi 
abiertas ante mí, de par en par, las puertas del 
cielo de las intervieivs; y me propuse pasar las 
tediosas horas del viaje dirigiendo preguntas á 
los dos chinos reformados. 

Siendo Ota el de representación social más 
elevada, el de edad más provecta y sobre todo 
el de nombre más fácil de pronunciar, sentí 
desde luego más inclinación hacia él ; y aprove- 
chando la circunstancia de que nos habían seña- 
lado á los dos un mismo camarote, no perdí 
tiempo en abordarle. 

¡ Vana esperanza ! Mi japonés y yo no pudi- 
mos entendernos, porque ¡ el muy orgulloso ! 
no conoce otro idioma que el suyo, que es como 
no conocer ninguno. 

Nakamura, en cambio, habla bastante bien el 
inglés; y á él me dediqué. 

Naturalmente, que mis preguntas fueron to- 
das, ó casi todas referentes á la guerra, entre 
el Japón y Rusia. 



40 



Impresiones Americanas 

— ¿Qué opina usted, empecé interroga adole, 
acerca del resultado de la campaña ? 

— Que nosotros venceremos, respondió sin 
vacilar. 

— Los rusos, sin embargo, dije, son muy 
fuertes. 

— Tal vez, respondió sonriendo Nakamura; 
pero nosotros somos más fuertes que ellos. El 
Japón, añadió, no puede perder. 

— ¿ Por qué ? 

— Porque no. 

— Esa no es una razón. 

— Puede que no sea una razón, pero es la 
verdad. 

— Amigo mío, le dije, me veo obligado á con- 
fesar que no le comprendo. 

— Ya lo sé, replicó Nakamura. Usted no me 
comprende, ni me comprenderá jamás ; del mis- 
mo modo que F-usia no nos comprende, y Eu- 
ropa no nos comprende ni llegará á compren- 
dernos nunca. 

— El Japón, prosiguió animándose, es la 
nueva idea, y las ideas nuevas no pueden 
ser comprendidas inmediatamente después de 
enunciadas. ¿ Cuál fué el secreto del éxito de 
Napoleón ? La novedad. Swarrow fué la pri- 
mera de sus víctimas, y todos los mejores ge- 
nerales de Europa se sumaron al número, 



4i 



Rafael Conté 

hasta que Wellington resolvió el problema en 
Waterloo. 

— Según eso, usted cree que el Japón posee 
el secreto de vencer. 

— Absolutamente. 

— Y ese secreto, ¿ en qué consiste ? 

Nakamura se dirigió á su camarote, y regresó 
pocos minutos después, trayendo un diccionario 
de la lengua japonesa. 

Y después de hojearlo cuidadosamente, se 
detuvo en una página llena de signos incom- 
prensibles para mí. 

— Aquí, dijo, debiera encontrarse, siguiendo 
el orden alfabético que en libros de esta clase 
se emplea, la palabra derrota. Pues bien, esta 
palabra, cuyo significado comprendo yo por ha- 
berlo aprendido en inglés, no existe en nuestro 
idioma. No existiendo la palabra (que fué abo- 
lida hace ya más de mil anos por un decreto del 
Gobierno) tampoco existe su significado. Nues- 
tros soldados ignoran que haya algo equivalente 
á derrota. Cuando van á la guerra no piensan en 
que pueden ser vencidos. Su dilema es este: 
Vencer ó morir. Por eso vencimos á los chinos, 
por eso venceremos á los rusos, por eso vence- 
remos siempre. 

Nakamura se retiró del salón, y yo me quedé 



42 



Impresiones Americanas 

con ganas de preguntar á mi amarillo amigo, 
si en el diccionario de su lengua existía por 
casualidad una palabra equivalente á la inglesa 
bluff. 



A bordo del Excelsior, Julio de 1904. 



43 



THANKSCHVING 



H 



oy han observado los norteamericanos, con 
el fervor religioso y buen apetito de costumbre, 
el día designado por el Presidente Washington 
en famosa proclama, para dar gracias á Dios 
y comer pavo. 

No me atrevería á asegurar que todos los 
yankees han comido pavo ; pero sí puedo afir- 
mar, sin temor de equivocarme, que todos, ab- 
solutamente todos, han hecho presente su agra- 
decimiento al Criador. 

Muchos de los que han dado gracias no ten- 
drían, probablemente, motivo para hacerlo ; pe- 
ro ¡ qué quieren ustedes ; así son los hombres ! 

Y aun los más perseguidos por la adversidad, 
aun aquellos que si la blasfemia no fuera de tan 
mal gusto, tendrían derecho á blasfemar, han 
elevado hoy sus preces al Altísimo : han dado 
gracias á la Divina providencia, que si bien los 



45 



Rafael Conté 

ha tratado mal durante un año . . podía haberlos 
tratado peor! 

Y hoy, precisamente, he tenido ocasión de 
comprender hasta qué punto llega la miseria 
humana. 

En el presidio de Sing-Sing, á donde fui esta 
mañana, con objeto de visitar á un pobre diablo 
que cumple condena por haber herido, en re- 
yerta, a un hermano de su mujer, he presencia- 
do una escena lastimosa, horrible ; un espantoso 
cuadro de miseria y abyección. 

Aunque no existe ley alguna relativa á la 
manera como deben observarse los días de fies- 
ta nacional en las penitenciarías del Estado, es 
costumbre, en Tlianksgiving y en Christmas, 
suspender los trabajos y dar á los presos una 
buena comida, endulzando así, en parte, las 
amarguras de la prisión. 

Hoy, día en que todo el mundo come pavo, 
también lo han comido los desgraciados que gi- 
men en las celdas de Sing-Sing. 

A las once, hora señalada para servir el ran- 
cho á los presos, el Alcaide, en cuyo despacho 
me encontraba en aquellos momentos, me invi- 
tó cortésmente á que le acompañara en una vi- 
sita de inspección á la penitenciaría, á lo que 
accedí con sumo placer. 

Los confinados, en sus limpias y ventiladas 

46 



Impresiones Americanas 

celdas, saboreaban en silencio, y salvo contadí- 
simas excepciones con excelente apetito, una 
suculenta comida, compuesta de sopa, pavo re- 
lleno, legumbres, pastel de manzanas, pan y 
café con leche. Ante aquel espectáculo me 
sentí hondamente conmovido; y estrechando la 
mano del Alcaide, le felicité por sus generosos y 
humanitarios sentimientos. 

— Los pobres diablos, me dijo, sufren ya bas- 
tante por sus culpas careciendo de libertad. Es 
justo, pues, proporcionarles una ó dos veces al 
ano, algún aliciente que haga más llevadera su 
estancia en presidio. 

Después que recorrimos la penitenciaría en 
todas direcciones, llegamos á un corredor largo 
y estrecho que á pesar de no ofrecer en su cons- 
trucción nada que lo distinga de las otras gale- 
rías, inspira al visitante desde el primer mo- 
mento, cierto terror involuntario. 

Hasta que llegamos allí habíamos hablado en 
voz alta. Tan pronto penetramos en aquella 
galería, el Alcaide guardó silencio. Yo, sin 
poder explicarme el motivo, no osaba despegar 
los labios. 

— ¡ La Cámara de Muerte! — me dijo al oído 
mi conductor. 

Experimenté una fuerte sacudida que estre- 
meció todo mi cuerpo. 



47 



Rafael Conté 

Allí, en aquellas celdas, guarnecidas de grue- 
sos barrotes de acero, se encontraban los des- 
graciados condenados á la silla eléctrica, que 
dentro de breves días (de breves semanas ámás 
tardar) tieneíi que morir. 

Allí estaban todos: Patrick, un abogado dis- 
tinguido, condenado á muerte por envenenador; 
Tobin, un mozo de café que cortó la cabeza á 
un parroquiano y trató luego de quemar el cuer- 
po en la estufa. Nueve individuos ocupaban 
la Cámara de Muerte . . . si es que puede darse 
el nombre de « individuo » á quien tiene conta- 
dos los minutos que le separan del terrible no 
ser. 

Y á pocos pasos de ellos, en un salonci- 
to situado al final del corredor, se destacaba 
el espantoso aparato de muerte (la silla eléc- 
trica) monstruo de madera y hierro, que es a la 
Ley lo que al asesino el puñal. 

Aquellos nueve desgraciados no habían sido 
olvidados en el sombrío banquete con que obse- 
quiaba á sus presos el Alcaide de Sing-Sing. 
Ante ellos estaban colocados, simétricamente, 
los manjares que componían su última comida 
de Thanksgiving. 

Pude observar que ninguno probaba bocado. 

Contemplaban con mirada vaga los platos, y 
se pasaban la mano por la frente, como para 

48 



Impresiones Americanas 

alejar un recuerdo tierno, pero terrible para 
ellos en aquel momento: el recuerdo de idénti- 
cas fiestas celebradas en días venturosos en el 
feliz hogar! . . . 

Uno de ellos, sobre todo, llamó mi atención: 
el envenenador Patrick. Hombre culto, de ma- 
neras distinguidas, perteneciente á una familia, 
prominente de la sociedad neoyorkina, parecía 
encontrarse allí fuera de lugar. Su presencia 
en la Cámara de Muerte parecía un contrasen- 
tido. Más lógico hubiera sido verle, el día de 
Thanksgiving, pronunciando un brindis elocuen- 
te en un banquete del Waldorf Asteria. 

El, por su educación, por su cultura, se po- 
día dar cuenta más exacta de su terrible situa- 
ción que sus compañeros de infortunio, seres 
ignorantes, bestias con rostro humano, crimi- 
nales casi irresponsables. 

Condenado á muerte por los hombres, aban- 
donado de Dios, Patrick sabe que tiene fa- 
talmente que morir. 

... Y sin embargo, al aproximarnos á su celda, 
lo encontramos de rodillas frente á la mesa, 

¡DANDO GRACIAS AL CRIADOR! 



New York, Noviembre de 1903. 



49 



TURQUÍA EN NEW YORK 



1-.STA mañana, después de leer la prensa y en- 
terarme de que los turcos habían asesinado á 
cerca de cincuenta y nueve mil millones de ma- 
cedonios, sentí grandes deseos de dedicar una 
correspondencia á los sucesos de Turquía. 

Pero me vino á la memoria una recomen- 
dación del Director de este periódico: Que 
procure siempre tratar asuntos genuinamente 
americanos. « El Corresponsal, dice, sólo debe 
ocuparse de los acontecimientos que tengan lu- 
gar en el país donde reside.» 

Entonces sentí grandes deseos de ser vecino 
de Constantinopla ó de Monastir. 

¡ Ah ! pensé, si yo tuviera algunos anos más 
de práctica periodística, no sería obstáculo el 
encontrarme tari lejos de la Sublime Puerta pa- 
ra hablar de lo que allí ocurre como si viviera á 
media cuadra del harem del Sultán. 



51 



Rafael Conté 

Yo he conocido colegas que el lunes celebra- 
ban una entrevista con Gladstone, en Londres, 
y el miércoles aplaudían á la Melba en New 
York. Pero esa ubicuidad sólo puede adqui- 
rirse después de largos años de experiencia. 
Para estar dotado de ese precioso don, es preci- 
so ser periodista antiguo 6 ser Dios. Y yo no 
soy ni Dios ni antiguo periodista. . . ¡ ¡ Ni falta 
que me hace! ! 

Pero, ya fuera de un modo ó de otro, tenia 
que dedicar esta correspondencia al Trace 
fiero. Tenía que hablar de Turquía, como si 
allí viviera; pero sin salir de Manhattan Island. 

Eran entonces las diez. Y me dije: 

« Si logras hacer el viaje á los dominios del 
cínico Abdul-Hamid y estar de regreso en New 
York á tiempo para enviar tu crónica al correo 
antes de las once de la noche, serás un chico de 
pro ». 

Media hora después, me paseaba con las ma- 
nos en los bolsillos y una pipa de aromático ta- 
baco levantino entre los labios, por las sucias y 
angostísimas calles de la decrépita Stamboul. 

Por las aceras, estrechas y desiguales (casi 
tan malas como las de la Habana), transitaban 
centenares de seres harapientos y desgreñados ; 
jornaleros que parecían mendigos y mendigos 
que parecían espectros. Por sus rostros y el 



52 



Impresiones Americ anas 

idioma que hablaban entre sí, se comprendía 
desde luego que eran turcos ; pero su indumen- 
taria distaba mucho del traje del creyente de 
Alian. 

Y pensé en Alfonso Daudet. « Quitad al turco 
su turbante y dejará de ser turco. » 

Esos mahometanos vestidos á la europea me 
robaban gran parte de mi ilusión. 

Aquello era Turquía, sin embargo. 

Una Turquía en pequeño, una miniatura de 
la gran metrópoli de Solimán. Era el Battery 
Dan: el barrio turco de New York. De vez en 
cuando, entre turco y turco, asomaba su cabeza 
roja un borracho irlandés: como complemento 
de un Allkabaher resonaba un Bygosh! Sobre 
algunos edificios, al lado de la media ¿una, tre- 
molaba el shamrock de Irlanda. 

Aquello no era la Turquía europea, ni la Tur- 
quía asiática: era la Turquía irlandesa, la cual 
es muy digna de estudio, y de la que, probable- 
mente, muy pocos de mis lectores habrán oído 
hablar. 

A las doce entré en el café de Asam. Los 
platos que allí se sirven, condimentados á la 
turca, son sumamente agradables al paladar. 
Por lo demás, no tienen nada de particular. 
En muchos restaurants de alto copete he visto 
( y lo que es peor, ¡ comido ! ) ( ¡ Pobre de 



53 



Rafael Conté 

mí!), manjares mucho más extraños y proba- 
blemente más peligrosos, que los que me 
fueron servidos en casa de Asam. Debo confe- 
sar, que aunque mi apetito, á esa hora sobre 
todo, es invariablemente bueno, lo que más me 
interesaba en aquellos momentos no era comer, 
sino enterarme de lo que comen los turcos. 

Y dejándome arrastrar por mi fantasía, imagi- 
naba que iba á participar de un festín misterio- 
so. Hubo un momento en que llegué á creer 
que me servirían algún macedonio á la vinagre- 
ta, ó un estofado de armenio con salsa griega. 

Y, ¿lo creeréis? Por vez primera me sentí 
caníbal; comprendí por un instante las delicias 
de la antropofagia; y de buena gana hubiera 
dado un mordisco á cualquiera. . . aun á la mo- 
nísima hija de Asam, que me servía, sonriendo 
picarescamente, y haciendo brillar con malicia 
otomana sus ojazos negros, bajo los artísticos 
pliegues de su albornoz. 

Pero me equivoqué de medio á medio. El 
cocinero de Asam, maestro en su arte, regaló 
mi paladar con manjares inocentes y nutritivos. 
Su guisado de carnero, su tortilla de setas y su 
arroz con pollo, eran idénticos á los que os pue- 
den servir á vosotros, allá en la Habana, en 
cualquier restaurant. 

Y respecto á platos misteriosos, al salir del 



54 



Impresicmes Americanas 

café hube de confesarme, que en cuanto á mis- 
terios culinarios, los turcos no han llegado to- 
davía á la perfección misteriosa de nuestros 
cocidos y ragouts. 

Me sirvieron el café. Puro Moka. En taci- 
tas que podrían servir de dedal. 

Después que hube terminado, hice llamar al 
hostelero, al formidable Asam. 

Y de codos sobre la mesa, fumando ambos 
nuestras retorcidas pipas y aspirando con de- 
leite el aroma de ese delicioso tabaco de Levan- 
te, cuyo humo, antes de penetrar en los pulmo- 
nes del fumador, pasa por una vasija primorosa 
de agua perfumada con esencias orientales, ha- 
blamos largo rato de los asuntos del día. 

Cuando le interrogué acerca de los sucesos de 
Turquía, encogióse desdeñosamente de hom- 
bros y contestó : « Eso no tiene importancia. 
Hablemos, si á usted le parece, de las próximas 
elecciones para Alcalde de New York.» 

Y añadió: «A mí me tiene sin cuidado lo 
que ocurre en Turquía. Yo soy ciudadano 
americano, buen demócrata y pienso votar por 
Tammany.* 

* 
* * 

Abandoné el barrio turco, subí por la calle 
Rector hasta Broadway y llegué á Wall Street. 



55 



Rafael Conté 

Allí, todos los corredores y banqueros, ame- 
ricanos de pura sangre, no hablaban de otra 
cosa que de los asesinatos de Monastir. 

« Mandaremos la escuadra, decían. Turquía 
desaparecerá del mapa de Europa. Sus críme- 
nes no pueden continuar. . . ! 

Y en mis oídos resonaban aún las palabras 
del turco Asam: 

A mí me tiene sin cuidado lo que ocurre 
en Turquía. Yo pienso votar por Tammany 
Hall ...» 



New York, Septiembre de 1903. 



56 



INICIALES 



1 s creencia general que los norte-america- 
nos son los príncipes de la concisión. 

Ellos saben que esa excelente cualidad se les 
atribuye ; y ¡ naturalmente ! se dejan querer. 

— «Nosotros, dicen, empleamos menos pala- 
bras que nadie, para expresar una idea.)» 

Tal vez sea eso cierto ; aunque yo creo que la 
mejor prueba de laconismo que podrían dar 
sería permanecer callados completamente. Ar- 
pócrates tiene más mérito que Grimaud. 

Con objeto sin duda, de suprimir palabras, 
el pueblo yankee emplea más abreviaturas 
que ningún otro. 

Difícilmente se encuentra un americano que 
diga: « District of Columbia » 6 « New York «. 
Dicen: «D. C.» {di ci) y «N. Y.» (en icay). 

Sus abreviaturas, por tanto, empiezan en la 
Geografía. Después invaden el campo de la 
Historia. 



57 



Rafael Conté 

— Mi padre combatid en « Gett ». 

Esto significa : Mi padre combatió en la bata- 
lla de Gettisburg. 

Os presentan un estudiante: 

— ¿A qué instituto pertenecéis? 

— Al Y. M. C. A., os responde. 

Young Men's Christian Association ha querido 
decir. 

— Acabo de graduarme. 

— ¿En qué Universidad? 

— C. U. 

Esto significa: Columbio, University. 

— Hoy asistí al match de foot-ball. 

— ¿Qué team venció? 

— C. I. (Carlisle Indians}. 

— Y ¿qué tal el juego? 

— N. G. (no good). 

— Y el terreno estaba en buenas condiciones? 

—O. K. (allright). 

— ¿Había algunos amigos entre los especta- 
dores? 

— Sí; allí estaba Doc Dan. (Esto significa 
Doctor Daniel. ) 

Vais á casa de vuestro corredor en Wall 
Street. 

— ¿Cómo está el mercado? 

— S. T. (strong, firme). 

— ¿No se ha iniciado alza en los valores? 



58 



Impresiones Americanas 

— Sí, en algunos: especialmente N. P. R. R. 

Lo que ha querido decir es : Noi'them Pacific 
Railroad. 

— ¿Qué me aconseja usted que compre? 

— A. O. T. Esto significa: « cualquier cosa » 
(any. oldthing). 

Por la noche queréis comprar un periódico. 
Deseáis, por ejemplo, el Eveni?tg Telegram. 
Pues, no tenéis que decir al vendedor más que 
esto: TeL 

Después entráis en un café. 

— P. J., decís al mozo. Y os traerá whiskey 
marca Paul Jones. 

Y por último, antes de iros á casa, podéis 
llamar por el plione (telephoné) al depot donde 
tenéis depositado vuestro auto (automóvil) 
y ordenar que lo tengan listo para las nueve 
de la mañana, pues deseáis ir en él á la estación 
para tomar el tren del P. R. R. (JRennsylvania 
Railroad) que ha de conduciros á Phila (Phila- 
delfia), pues habéis decidido ir á pasar las Xmas 
( Christmas) en aquella ciudad. 



New York, Diciembre de 1903. 



59 



SAN=PI=LO 



N, 



o se trata de ningún general chino más ó 
menos boxer, ni se trata tampoco del conflicto 
ruso-japonés. 

San-Pi-Lo, sin embargo, es subdito del Ce- 
leste Imperio ; y aunque no ha sido agraciado 
con la túnica amarilla ni con la pluma de pavo 
real, es todo un personaje capaz de precipitar 
un sangriento conflicto digno de desarrollarse 
bajo las murallas de Pekín. 

Por su causa han venido una vez más á las 
manos los vasallos de la Emperatriz viuda y los 
no menos vasallos del Presidente Roosevelt. 

Entremos en materia. 

Hará cosa de diez años, desembarcó Chin- 
Pan-Li en un muelle de New York. 

Algún tiempo después, á fuerza de trabajo, 
logró amasar una modesta fortuna que le per- 
mitió convertir en dulce realidad el sueño do- 



61 



Rafael Conté 

rado de su vida, esto es: comprar el tren de 
lavado donde estaba empleado, convirtiéndose 
de humilde dependiente que era, en opulento 
dueño y señor. 

Su vida se deslizó, desde entonces, sobre el 
mar bonancible de la prosperidad, iluminada 
por el sol esplendoroso de la dicha. 

El establecimiento de Chin-Pan-Li marcha- 
ba viento en popa. Las camisas, cuellos, puños 
y camisetas afluían á sus lavaderos con conso- 
ladora regularidad. 

Cuando llegaba el sábado, Chin-Pan-Li acos- 
tado en su tarima, envuelto entre las nubes 
azulosas del enervante humo de su pipa, con- 
templaba acariciándose la trenza á sus activos 
dependientes que llevaban y traían innumera- 
bles paquetes de ropa lavada y por lavar; y oía 
con esa sonrisa que inspira y dibuja la concien- 
cia de la posesión, el repetido sonar de la cam- 
panilla que anunciaba la entrada de alguna 
cantidad en la caja de caudales. 

Todo marchó bien hasta ayer. A las dos de 
la tarde, según costumbre, San-Pi-Lo, el em- 
pleado de confianza de la casa, salió á la calle 
cargado de líos y paquetes de ropa, que debía 
entregar á varios parroquianos. 

San-Pi-Lo, á pesar de su nombre, era un 
buen chico. Jamás había dado que sentir. 



62 



Impresiones Americanas 

Pero, donde menos se piensa nos sale al paso 
la Tentación. Y esta vez la Tentación se pre- 
sentó ante el casto celestial bajo la forma irre- 
sistible de una chinita adorable; una Venus 
color de naranja, que parecía un bibelot. 

Se vieron y se amaron. 

— Chang-hiing-ta-tiin-la-o, dijo para sus aden- 
tros San-Pi-Lo; lo cual, traducido al castellano, 
bien puede significar : 

— Me voy contigo, y ¡ al diablo las camisas ! 

Poco tiempo después, entre los témpanos que 
obstruyen el Hudson, un observador hubiera 
podido descubrir varios líos y paquetes que se 
destacaban como puntos obscuros sobre la bri- 
llante superficie de los ice-bergs. 

En la cubierta de un ferry-boat que se dirigía 
á Jersey, San-Pi-lo, acurrucado junto á su con- 
quista, explicaba á ésta el argumento de Ki-ki- 
ri-ki, asegurándole que no tardaría en cantar 
el gallo, y entonando, con una ligera modifica- 
ción en la letra, los couplets que dicen : 

«El japonés es el mortal 
más feliz y más jovial.» 

La modificación consistía en que, en lugar de 
decir « el japonés », San-Pi-Lo decía « el chino », 
De esta manera el verso resultaba cojo; pero 
San-Pi-Lo no tiene pretensiones de poeta y su 

63 ■ 



Rafael Conté 

falta se le puede tolerar, sobre todo cuando 
consideramos que muchos vates que de tal se 
precian, no lo hacen mejor. 

Entre tanto, el bueno de Chin-Pan- Li se im- 
pacientaba. A las seis de la tarde se presenta- 
ron en el establecimiento varios individuos 
reclamando sus camisas. 

— No las tengo, respondió el chino. Las ha 
llevado San-Pi-Lo. 

— Tií eres, sin embargo, responsable, grita- 
ron los parroquianos. 

— ¡Bueno!, se limitó á responder Chin-Pan- 
Li. 

— ¡Mis cuellos postizos!, exclamó un indi- 
viduo. 

— ¡Mis camisetas!, gritó otro. 

— ¡Mis camisas! ¡Mi chaleco blanco!, rugió 
un tercero. 

— Devuélvenos lo nuestro ó te haremos en- 
carcelar. 

Creció el tumulto. La policía intervino. Llo- 
vieron planchas, tarimas y taburetes. 

Llegó la ambulancia. 

— Dos muertos y seis heridos, exclamó el 
médico. 

— ¡A la cárcel Ching-Pan-Li! ordenó el juez. 



64 



Impresiones Americanas 

Y allá, del otro lado del río, en un modesto 
hotel de Hoboken, resonaba algo parecido al 
canto del gallo: 

Ki-ki-ri-kí ! Ki-ki-ri-kí ! ! 



New York. Febrero de 1003. 



6-? 



ELECCIONES 



s, 



'on las cuatro de la tarde del 8 de Noviembre. 
En estos momentos el pueblo americano elige 
el próximo Presidente de los Estados Unidos, 
y dentro de pocas horas sabremos cuál de los 
candidatos ha resultado vencedor. 

Opino que vencerá Roosevelt ; y me alegro, 
como de fijo se alegrarán todos mis compa- 
triotas. 

No creo, sin embargo, que los republicanos 
triunfen en el Estado de New York. Y me ale- 
gro también. Es, pues, casi seguro que Herrick 
será nuestro próximo Gobernador. 

Y, como sucede siempre, bajo un régimen 
democrático, New York prosperará. 

Según las noticias que de todas partes llegan, 
el número de votantes en estas elecciones será 
enorme. 

Créese que excederá de catorce millones. 



67 



Rafael Conté 

Hasta el momento en que escribo han ocurri- 
do desórdenes, algunos de carácter grave; se 
han efectuado arrestos numerosos y los médicos 
de las casas de socorro han estado sumamente 
ocupados, haciendo enorme consumo de árnica 
y tafetán, vendando cabezas y sangrando black 
eycs. 

La inmensa mayoría de los electores votó en 
las primeras horas de la mañana, y ahora los 
neoyorkinos se han retirado á sus casas, para 
cenar y echarse luego á la calle á contemplar 
los boletines lumínicos que van fijando en las 
fachadas de sus edificios los grandes periódicos, 
anunciando el resultado de los escrutinios. 

Yo hago lo que los neoyorkinos: aguardo la 
hora de cenar. Y mientras llega, voy á permi- 
tirme referirles á ustedes un curiosísimo inci- 
dente que espero han de encontrar interesante 
y up-to-date. 

El décimo noveno distrito electoral de New 
York, á pesar de estar situado en una sección 
muy poblada de la ciudad, sólo cuenta con un 
elector. Se llama este individuo James Tho- 
mas, y tiene sesenta y cinco años de edad. 

Thomas es el portero de un depósito de ma- 
deras, situado en la esquina de la calle 36 y la 
Primera Avenida. 

En 1Q02 el décimo noveno distrito electoral 



68 



Impresiones Americanas 

comprendía la manzana de casas situada entre 
las calles 35 y 36 y la Segunda Avenida y el Río 
del Este ; pero durante ese ano todas las casas 
fueron derribadas para hacer un parque, y hoy 
sólo existen en el antes poblado distrito el 
taller de maderas y el parque de San Gabriel. 
Y como Thomas es el único habitante de la 
localidad, es también el único elector. 

Ha sido necesario, por tanto, establecer allí 
un colegio electoral, ((especialmente para él» 
que ha costado á la ciudad $250. En el colegio 
tuvieron que personarse un presidente de me- 
sa, un secretario, un escribiente, un notario, 
cuatro inspectores de elecciones y dos agentes 
de policía. 

Y lo más particular del caso es que, después 
de todo, Thomas, á última hora, ha declarado 
que no le da su real gana de votar por nadie. 



New York, Noviembre de 1904. 



69 



A. D. 

UNA ENTREVISTA 

CON LA DIVINA SARAH 



M 



adame Sarán Bernhardt es, sin duda, una 
gran artista. Tal vez sea la más notable de los 
tiempos presentes ; acaso la más notable que ha 
existido. 

Ha sido reina, heroína, cortesana, santa y 
demonio (Cleopatra, juana de Arco, Margari- 
ta, María Magdalena y .. . Sarah Bernhardt). 
Ha representado toda clase de papeles y encar- 
nado toda clase de personajes ; ha sido román- 
tica y trágica, tierna y terrible. 

Y siempre, en todas las obras, en todos los 
escenarios, ante todos los públicos, ha demos- 
trado ser una consumada artista y una admira- 
ble actriz. 

El timbre de su voz enamora, su sonrisa en- 



7i 



Rafael Conté 

canta, sus gestos enloquecen. Es irresistible- 
mente sugestiva y puede, á voluntad, hacernos 
amar, aborrecer, reir 6 llorar. 

Lo que ella siente o afecta sentir, lo sentimos 
todos. 

No es joven ni vieja, ni hermosa ni fea; no 
tiene edad ni facciones : es más que una obra 
de arte, es el arte mismo : el arte encarnado en 
una mujer, en una mujer que fascina, que arre- 
bata, que nos roba el corazón, el alma, la vo- 
luntad . . . 

Pero .. ., oh mon Dieuf pleurez, pleurez, mes 
yeux! esa diosa, ese ser adorable, esa supéf- 
mujer, tiene un secretario particular! ... un 
individuo largo, negro, melenudo, cadavérico, 
mefistofélico, que responde al nombre teutóni- 
co-hebreo de Mayer, y que habla el francés con 
pronunciación marcadamente inglesa y el in- 
glés con acento francés. 

Entre la Divina Sarah y el resto del mundo 
se levanta, inexorable y terrible, ese tétrico y 
enlevitado personaje, especie de monolito con 
patillas, monumento de vanidad é ignorancia, 
horrible cancerbero, tipo Svengali, personifica- 
ción de la importancia y encarnación de la es- 
tupidez más supina. 






72 



Impresiones Americanas 

— ¿Tendría Monsieur Mayer la bondad de 
pregrtmtar á Madame Sarah Bernhardt si se 
digna recibir la visita del señor Rafael Conté, 
periodista? 

A estas palabras, que pronuncié tan pronto 
hube correspondido á los saludos y reverencias 
del Secretario particular, contesto Monsieur 
Mayer en los siguientes términos : 

— Cómo! recibirlo á usted? pues ya Jo creo! 
No tengo necesidad de preguntarlo. Madame 
no desea otra cosa, y no hay nada en el mundo 
que pueda serle más grato; pero ¿sería usted 
tan amable que me dijera el objeto de su 
visita? 

Después, con una elocuencia aterradora, 
Monsieur Mayer me explicó cómo estando él 
tan perfectamente identificado con Madame que 
sabía su manera de pensar y sentir en todos los 
actos de la vida, podía, sin duda alguna, con- 
testar á cuantas preguntas pensaba yo dirigir 
á la divina Sarah, sin necesidad de que me 
molestara esperando á que ella estuviese en 
disposición de recibirme. 

Iba á contestar á esto, cuando el secretario, 
dándose una palmada en la frente, como quien 
ha encontrado una idea ó sentido la picada de 
un mosquito, exclamó: 

— Voilá! me parece que sería todavía mejor 



73 



Rafael Conté 

que usted escribiera el artículo, relatando su 
entrevista con Madame como si en realidad la 
hubiese celebrado. ¿Qué le parece el plan? 
Soberbio!, ¿verdad? Luego que haya redacta- 
do la interview; me puede traer las cuartillas 
para que yo quite ó ponga lo que sobre ó falte. 
¿Qué tal? 

Y sonrió con cara de asno satisfecho. 

Yo le expliqué con toda la paciencia que el 
caso requera, que, en primer lugar, la voz de 
Monsieur Henri Mayer y la voz de Madame 
Sarah Bernhardt no erane xactamente iguales y 
que, por lo tanto, la conversación de él no po- 
día serme tan grata como la de ella; que en se- 
gundo lugar, tal vez él, (Monsieur Mayer) ha- 
bía olvidado ciertas cosas que Madame de fijo 
recordaba, y por último, que yo deseaba tener 
una entrevista con la divina Sarah y no con su 
secretario particular. 

— Tres bien! ¿Se servirá entonces monsieur 
le joumalisle venir al hotel mañana á las once 
de la misma? 

No necesito decir que fui puntual. 

El ciudadano Mayer — toiíjonrs vestido de ne- 
gro — me recibió diciéndome que Madame no se 
levantaría hasta las dos de la tarde, y que debi- 
do á muchos compromisos sociales, que había 
contraído y los cuales ignoraba él la víspera, 



74 



Impresiones Americanas 

no podría recibirme hasta la noche siguiente, 
después del teatro. 

No quiero cansar al lector. 

Durante tres días luché en vano contra la 
burda, pero invencible estrategia de aquel es- 
pantapájaros ensoberbecido, que quería á todo 
trance convencerme de que «sería lo mismo» 
que yo celebrase la entrevista con él. 

Por fin, gracias á la oportuna intervención 
de Mr. Schubert, empresario de Madame Bern- 
hardt, conseguí que la famosa artista me con- 
cediera una iiiterviczv. 

Esta debía celebrarse la noche siguiente, á 
la terminación de la Dama de las Camelias. 

Al empezar la escena final de la obra, aban- 
doné mi butaca, y fui á colocarme entre basti- 
dores. Desde mi rincón, recostado en un lienzo 
de escena campestre, vi morir á Madame Bern- 
hardt. 

Cayó el telón y la divina Sarah resucitó con 
facilidad pasmosa; se puso en pie de un salto y 
vino hacia mí, sin que ni en su rostro ni en sus 
movimientos se advirtiera signo alguno de fa- 
tiga ó decaimiento. 

Recordé entonces las historias que ha hecho 
circular Monsieur Mayer acerca de los terribles 
síncopes que sufre Sarah Bernhardt después de 
una escena trágica y violenta, y comprendí que 



75 



Rafael Conté 

el secretario particular, además de otras mu- 
chas cosas, es un solemne embustero. Sarah 
estrechó mi mano con gesto de marimacho y 
me indicó que la siguiera á su camerino. Pero 
no habíamos dado tres pasos cuando el eterno 
Mayer se colocó delante de madame; y haciendo 
una profunda reverencia le recordó que «el 
hombre del fonógrafo» la esperaba. Ella hizo un 
gesto de asentimiento y se dirigió en línea recta 
al fonógrafo ; sepultó su rubia cabeza en la gran 
campana del aparato, y con voz vibrante dijo: 

«UArt et F amour sont les ailes que me porteront 
vers Dc'cn.» 

Estas palabras (once cabales) las pronunció 
con ese acento propio del que cobra un tanto" 
por ciento por cada record fonográfico que se 
vende, y sin la menor emoción. 

Se dirigió entonces á su camerino, invitándo- 
me á seguirla. Monsieur Mayer cerraba la 
marcha casi pisándome los talones. Entramos, 
y la Divina Sarah, con un movimiento de bra- 
zos, me indicó una silla. Hice una inclinación 
y abandoné la perpendicular. 

El camerino de la famosa trágica presentaba 
el aspecto ordinario de todos los camerinos de 
teatro; con las paredes tapizadas de un papel 
color salmón recién pescado y el piso cubierto 
con una alfombra tutti-friitti 



76 



Impresiones Americanas 

El conjunto, sin embargo, no dejaba de ofre- 
cer cierto aspecto artístico. La presencia de la 
gran sacerdotisa del Arte se advertía aun en 
aquel cuartucho mal construido y peor alhajado. 

El gran espejo colocado sobre el tocador ha- 
bía sido adornado con guirnaldas verdes y so- 
bre la horrible mesa de centro, adquirida sin 
duda en Fourteentli street, la mano de la divina 
Sarah había colocado un primoroso bouquet. 

El mobiliario de la habitación era el siguien- 
te: la mesa y el tocador á que ya hice referen- 
cia, un taburete turco, fabricado en Connecticut, 
una consola atestada de artículos de toilette, 
dos sillas, una ocupada por Múdame y otra por 
mí, una poltrona de cuero, dos pequeñas ban- 
deras de seda (francesa y americana), un ramo 
de camelias y un cucurucho de bon bous. 

En el inventario se deben incluir además los 
siguientes objetos: varios baúles, muchos tra- 
jes y sombreros, cuatro pares de botas y zapa- 
tillas de mujer, las dos camareras de Madame, 
su peluquero Henri, su perro favorito, Loup, y 
Monsieur Mayer. 



* , 



Inicié la interview felicitando á Sarah 
Bernhardt por su admirable interpretación de 



77 



Rafael Conté 

Margarita Gautier. Ella me interrumpió viva- 
mente: 

— Dígame, exclamó; ¿estaba bella? ¿lucía jo- 
ven y hermosa? 

Con mucha diplomacia respondí que nunca 
me había parecido tan joven y bella. 

— Me alegro! respondió con ingenuidad en- 
cantadora ; porque Margarita Gautier tiene ne- 
cesariamente que serlo. De. lo contrario no 
sería Margarita Gautier. No puede una tomar- 
se libertades con heroínas de carne y hueso 
como la Dama de las Camelias. Cuando se trata 
de personajes imaginarios, ó de tipos como los 
de Cleopatra ó la Reina de S/ieba, que nadie 
sabe cómo eran, entonces menos mal; pero la 
verdadera Margarita Gautier — es decir Marie 
Duplesis- murió hace sólo cincuenta anos, y 
sólo tenía veintitrés cuandu dejó de existir. 

Pregunté entonces á Sarah si ella copiaba 
exactamente, tanto en lo físico como en lo mo- 
ral á Margarita, cuando ponía en escena La 
Dama de las Camelias. 

— Mais certainement!, replicó : Dumas hizo 
de ella un fiel retrato. Recuerde usted que al 
principio de su libro escribió : «No he llegado 
todavía á la edad en que se ve uno obligado á 
inventar sus novelas, y por lo tanto tengo que 
contentarme con narrar los hechos tal como 



78 



Impresiones Americanas 

ocurrieron en realidad. Esta es tina historia 
cierta, y todos los personajes que en el curso 
de la obra aparecen, con excepción de la prota- 
gonista, viven aún.)) 

Madame Bernhardt inclinó la cabeza y 
añadió : 

— Dumas debió haber agregado las siguien- 
tes palabras. . . «y de cuya historia el héroe 
soy yo». 

Recordé entonces que en más de una ocasión 
había oído decir que el verdadero Armando 
Dttval no había sido otro que el mismo Alejan- 
dro Dumas (hijo), y pregunté á Madame Bern- 
hardt si el gran novelista y autor dramático 
le había confesado alguna vez su participación 
en las aventuras verdaderas de la infortunada 
Margarita Gautier. 

Por toda contestación, la Divina Sarah tomó 
de la mesa un hermoso ejemplar del libro de 
Dumas, lujosamente encuadernado, y abrién- 
dole por la página 212 me mostró dos cartas 
manuscritas. 

— Mire usted, me dijo, esta es la carta origi- 
nal de Armafido Dnval á Margarita Gautier, 
rompiendo sus relaciones. 

Hé aquí la carta : 

((Mi querida Marte: No soy ni suficientemente 
rico para amarte como quisiera, ni suficiente- 



79 



Rafael Conté 

mente pobre para ser amado como quieres tú. 
Olvidemos, pues: tú un nombre que de hoy más 
debe serte indiferente y yo una felicidad que es 
ya imposible. 

«No tengo necesidad de decirte cuan apesadum- 
brado estoy, pues sabes cuánto te amo. 

«Adiós, pues. Tu corazón es demasiado grande 
para no comprender lo que me impulsa d escri- 
birte en estos términos, y posees muy buen juicio 
para no perdonarme. 

«Mil recuerdos. 

«A. D. 

((Agosto jo, d media noche. » 



La otra carta, dirigida á Madame Sarah Bern- 
hardt, estaba concebida en estos términos : 

«Ma chere Sarah: — Peri7iltemc que te ofrezca 
un ejemplar de La Dama de las Camelias, de 
una edición agotada hace ya tiempo, y por lo tan- 
to, muy difícil de adquirir. Lo que da más valor 
á este volumen, sin embargo, es la carta autógra- 
fa que encontrarás en la página 212, el texto de 
la cual es casi idéntico al de la carta impresa en 
dicha página. 

«La epístola autógrafa fué escrita por el ver- 
dadero Armando Duval Jiace cerca de cuarenta 



80 



Rafael Conté 

años . . . lo cual no le rejuvenece. En esa época te- 
nía la misma edad que tu hijo tiene hoy. 

vEsa carta es el único recuerdo palpable que 

existe de toda aquella trágica historia, y creo que 

nadie tiene más derecho que til á poseerlo, puesto 

que has sido tií la que has vuelto á la vida y d la 

juventud todo aquel dulce y triste pasado. 

((Guárdala como un recuerdo de la deliciosa 
soire'e del sábado y como una humilde prueba de 
mi gran admiración y de mi no menor gratitud. 

(( Te aplaudo con toda mi alma y te beso con to- 
do mi corazón. 



((Enero 28, 1884.» 



«A. DUMAS, FILS. 



* 
* 



Diez minutos más de conversación, y me 
retiré. 

Monsieur Mayer salió detrás de mí, condu- 
ciendo al perro, al que llevaba á la calle con 
objeto de que contraviniera una orden de la 
Junta de Sanidad. 



New York, Diciembre de 1905. 



81 



LA CULTURA AMERICANA 



N, 



'o creo que exista nada tan engañoso como 
las estadísticas, cuando se trata de averiguar el 
grado de cultura de un pueblo. 

En los Estados Unidos, por ejemplo, son muy 
contadas las personas que no saben leer. Exa- 
minamos una estadística americana; notamos 
el reducido número de illit érate persons que 
aquí existen, y no podemos menos de excla- 
mar: «¡oh, los Estados Unidos! ¡qué culto, qué 
admirable país!» 

Y cuando tal pensamos, nos equivocamos de 
medio á medio. 

Aquí, es cierto, la educación está al alcance 
de todos ; las escuelas públicas abundan, y se- 
gún antes decía, es muy raro encontrar una 
persona, sin distinción de sexo, edad ni color, 
que no sepa leer ; pero, á pesar de todo, la cul- 
tura en los Estados Unidos dista mucho de es- 
tar tan extendida como se supone. 

S3 



Rafael Conté 

El hecho de que un individuo sepa leer, no 
implica que ese individuo sea una persona culta. 

Y precisamente eso es lo que ocurre en este 
país : todo el mundo sabe leer; pero las personas 
cultas no abundan. . 

Si á buscar fuéramos todas las causas de la 
falta de cultura de este pueblo, tendríamos, an- 
tes que nada, que hacer un estudio profundo 
del carácter americano, y otro, no menos minu- 
cioso, de la condición social del país. 

Y al ocuparnos de una cosa ó de otra, nos 
apartaríamos completamente de la índole de es- 
te trabajo. 

El Gobierno Interventor, guiado por un loa- 
ble deseo de perfeccionar el sistema de enseñan- 
za primaria en Cuba, envió á este país un grupo 
numeroso de maestras y maestros cubanos, los 
cuales permanecieron algún tiempo en la Uni- 
versidad de Harvard, y regresaron después á esa 
Isla en buenas condiciones para enseñar. Im- 
plantóse en la nueva República el sistema 
escolar americano, y hoy contamos con un or- 
ganismo bastante completo y superior al de 
muchos países cuyos nombres figuran en pri- 
mera fila en el libro-registro de los pueblos ci- 
vilizados. 

Sin embargo, el autor de este artículo no cree 
que el viaje á Harvard de los maestros cubanos 



Impresiones Americanas 

haya sido todo lo fructífero que hubiera sido de 
desear; ni puede creer tampoco en la eficacia 
del sistema de educación en Cuba implantado, 
toda vez que es idéntico al existente en los Es- 
tados Unidos, con todas sus ventajas, que se ha 
tenido buen cuidado de calcar; pero también 
con todos sus defectos (y son muchos) que na- 
die se ha tomado el trabajo de corregir. 

Si los maestros que aquí estuvieron hubieran 
permanecido más tiempo en el país, y si se hu- 
bieran tomado la molestia de juzgar de la bon- 
dad del sistema de enseñanza que aquí se sigue 
por los resultados prácticos que da ; si hubieran 
estudiado á conciencia las ventajas y desventa- 
jas que ofrece, estamos seguros de que, al im- 
plantarse en nuestra patria el régimen escolar 
americano, hubiéramos podido hacerlo introdu- 
ciendo en él ciertas mejoras, que harían de Cu- 
ba, en cuestiones pedagógicas, uno de los países 
más adelantados del mundo. 

Hace poco más de un ano, el gobierno francés 
envió á los Estados Unidos una comisión, con 
objeto de estudiar el plan de enseñanza prima- 
ria americano, para introducir en las escuelas 
francesas todas aquellas ventajas que, á juicio 
de los comisionados, ofreciera el sistema yánkee. 

Nótese, sin embargo, que los franceses se li- 
mitaron á tomar lo bueno que aquí hallaron, te- 



85 



Rafael Conté 

niendo cuidado, al mismo tiempo, de desechar 
6 perfeccionar lo que encontraron malo ó de- 
fectuoso. 

En Cuba no se hizo así, sino que, por el con- 
trario, se implantó el régimen escolar america- 
no, sin cambios ni modificaciones de ninguna 
clase, con sus muchas é innegables ventajas, pe- 
ro también con todos sus muchísimos defectos. 

Porque de muchos y muy graves adolecéis. 
Escuela Americana. 

El alumno (sin excepciones), al abandonar, 
después de ocho años (!), la Grammar School, 

NO SABE ABSOLUTAMENTE NADA. Y no vaya á 

creerse que esto es una exageración. Nos- 
otros, que hemos residido en este país durante 
muchos años, dedicados preferentemente al 
estudio, hemos llegado á esa conclusión en ex- 
tremo dolorosa. 

Durante los ocho años que se prolonga el 
curso de enseñanza primaria, ó Grammar 
Scliool, á los alumnos se les enseña (?) Gramá- 
tica, Aritmética, Geografía, Historia, Latín, 
Griego y Francés, ó Alemán (!). 

Cuando abandonan la escuela primaria para 
dirigirse á la High School, saben bien las cuatro 
reglas de enteros ; conocen (muy superficial- 
mente) los quebrados y desconocen por comple- 
to los decimales. 



86 



Impresiones Americanas 

No pueden escribir una carta sin preguntar 
la manera de deletrea}' ( !) las palabras más sim- 
ples. La etimología es letra muerta en este 
país, aun para las personas más cultas. Si di- 
rigís á esos alumnos algunas preguntas sobre 
Geografía é Historia, les costará trabajo res- 
ponder. Y en materia de idiomas... ¡bueno! 
hablan bastante mal el suyo propio. 

No hay uno de ellos, sin embargo, que no 
haya leído ó esté leyendo á Shakespeare y á 
Longfellow. . . 

Entre las jóvenes, sobre todo, es esto más 
común. ' Los muchachos, generalmente, tan 
pronto abandonan la escuela se dedican á un 
oficio cualquiera, y ya no vuelven á leer en su 
vida otra cosa que el Journal 6 el World. 

Fácilmente se comprende que una señorita 
que tiene que preguntar el modo de deletrearlas 
palabras cuando escribe una carta familiar, no 
debe ni puede leer los clásicos. Pero aquí todo 
se hace porque sí; y si los resultados son negati- 
vos, pues ¡no importa! y si resulta bien la cosa, 
pues ¡mejor! 

La causa (la principal; hay muchas acceso- 
rias) de esa poca cultura de los estudiantes ame- 
ricanos debe buscarse en las maestras. 

Casi todas las jovencitas que tienen algunas 
pretensiones, al salir de la Grammar School se 



87 



Rafael Conté 

dedican al magisterio. Para obtener un diplo- 
ma tienen que aprobar antes un curso en la 
High School. 

Lo que estudian durante ese curso no es, ni 
con mucho, lo que tiene que estudiar un alum- 
no cubano del tercer año de Bachillerato, y lo 
que saben, al terminar, lo sabe cualquier estu- 
diante de Cuba, del segundo año, que haya 
estudiado á conciencia las asignaturas de nues- 
tro plan de enseñanza superior. 

Carecen de cultura y, por consiguiente, no 
pueden dar aquello de que carecen. Para en- 
senar es necesario, antes que nada, aprender: 
después, aprender á enseñar. 

Las maestras americanas conocen el arte de 
enseñar, saben pedagogía. 

Pero no pueden enseñar á sus discípulos por- 
que. . . simplemente, porque ellas tienen mucho 
que aprender. 



New York, Octubre de 1903. 



88 



EL CONVULSIVO 



I l otro día me decía un dominicano promi- 
nente que me distingue con su amistad : 

— «Créame usted, amigo mío: estoy aver- 
gonzado de mis paisanos ; porque no debo ni 
puedo decir que lo estoy de mi país. Desde la 
trágica muerte de Lili, aquello no ha sido una 
nación. La conducta de mis compatriotas es 
bochornosa; y bien merecido nos tenemos el 
desprecio del mundo civilizado. Las pasiones 
de los dominicanos no reconocen freno. Todos 
los días se matan multitud de hombres útiles 
y buenos, para que sea presidente Juan ó Pedro, 

« Y lo más triste de todo es la ignorancia de 
nuestro pueblo, que lucha y se hace pedazos sin 
saber por qué, y en muchos casos ni siquiera 
por quién combate. 

« Para que usted comprenda hasta qué punto 
son criminales esos ambiciosos que, sin otro ob- 



89 



Rafael Conté 

jeto que su elevación personal, lanzan constan- 
temente á nuestro pueblo por la senda de la 
rebelión, citaré á usted el siguiente caso, del 
cual fui testigo, cuando el pronunciamiento del 
actual presidente, general Wos y Gil: 

« Un oficial insurrecto reclutaba en La Vega 
tropas para la revolución, entre los campesinos 
del lugar. Cerca de cincuenta se alistaron bajo 
su bandera. Pocas horas después, tropezaron 
los rebeldes con las tropas del gobierno; y en- 
tonces, en aquel momento en que probablemen- 
te muchos de los reclutas iban á morir, uno de 
ellos, más listo que sus compañeros, acercóse al 
oficial y le preguntó: 

a — Y dígame, comandante: ¿por quién es el 
quién vive? 

« Aquellos desgraciados ignoraban hasta el 
nombre del individuo (!!) por quien iban á lu- 
char, tal vez á sucumbir.)) 

Mi amigo, al hablar así, se expresaba con toda 
la amargura de un verdadero patriota que de- 
plora las desgracias de su país. 

— ¿Cuál será el resultado de la revolución 
actual? — hube de preguntarle. 

— Espero que vencerá el gobierno. 

— La situación es, sin embargo, crítica. 

— Oh! no lo crea. . . Usted no conoce á Wos 
y Gil! 



90 



Impresiones 'Americanas 

— ¿Qué opina usted del viaje del Ministro de 
Relaciones Exteriores, Galván, á los Estados 
Unidos? 

— Creo que ofrecerá al gobierno americano, 
á cambio de su apoyo, la bahía de Samaná. 

— ¿Y si no aceptan los americanos, por ser 
ese un acto que se apartaría de todo principio 
internacional? 

— El señor Galván, entonces, tendrá el dere- 
cho de fundar su oferta en el precedente esta- 
blecido en Panamá por los mismos yankees. 

— Y si rehusaran, á pesar de todo? 

— Entonces sería desesperada la situación del 
presidente Wos y Gil. 

— ¿Cree usted que tendría que abandonar la 
Presidencia? 

— Probablemente. Y Santo Domingo habría 
perdido un buen gobernante, y caería otra vez 
en poder de esa camarilla de desalmados y am- 
biciosos, dispuestos á sacrificarlo todo, aun la 
felicidad de la patria, á su medro personal. 

— ¡Pobre Santo Domingo! — exclamé. 

— Sí, ¡pobre Santo Domingo! — gritó furioso 
mi amigo. Pero que no se figure Don Juan 
Jiménez que gozará mucho tiempo de su triun- 
fo. Aunque Wos y Gil tenga que abandonar 
el gobierno, no tardará en volver á ocupar la 
silla presidencial. 



91 



Rafael Conté 

— Y ¿cuándo logrará eso?— me atreví á pre- 
guntarle. 

— Antes de un ano : tan pronto . . . 

Le interrumpí: 

— ¿Tan pronto se celebren las elecciones? 

— No: tan pronto tengamos armas y municio- 
nes para una nueva revolución (!!!) 



New York, Noviembre de 1904. 



92 



EL TREN MODERNO 



u 



na compañía ferrocarrilera cuyos trenes ha- 
cen el servicio entre New York y St. Louis, « por 
la vía más corta, más económica y más rápida», 
acaba de obsequiarme con uno de esos preciosos 
folletos ilustrados, tan en boga entre los anun- 
ciantes americanos, y que sirven, al mismo 
tiempo, el doble propósito de anunciar la em- 
presa y de dar al viajero una lección más ó 
menos necesaria de geografía. 

En el folleto de que me ocupo, se admiran al 
primer golpe de vista varios grabados primo- 
rosos, que representan : el interior de un coche 
dormitorio durante el día; la biblioteca del tren; 
el salón de comer; la barbería; y la sala de re- 
cibo de un Pullman. 

Contemplando esos dibujos le entran á cual- 
quiera ganas de viajar. 

En la biblioteca, un grupo de personas ele- 



93 



Rafael Conté 

gantes goza con la lectura de los periódicos del 
día, mientras que un camarero les sirve high- 
balls y champagne. 

En la barbería, varios pasajeros experimentan 
las delicias del shampoo y el massage, sin que 
corran peligro (¡por supuesto!) de que al bar- 
bero se le resbale la mano, debido al movi- 
miento del tren. 

En el coche dormitorio, todo el mundo duer- 
me á pierna suelta, sin sufrir (¡pues no faltaba 
más!) las molestias del calor, las chinches y el 
ruido. 

En la sala de recibo, se admiran mujeres 
muy bellas y elegantes y caballeros vestidos á 
la derniérc. 

Y, por último, en el comedor, se ven caras 
satisfechas, propias de Sherry ó Delmónico. 

Les digo á ustedes que cualquiera se deja 
seducir, como me sucedió á mí, hace poco más 
de un año, cuando era corresponsal de este dia- 
rio en New York. 

La culpa la tuvo un picaro folleto por el es- 
tilo del que me sirve de tema para la crónica 
de hoy. 

Quiero ante todo hacer constar, que yo, aun- 
que me paso la mayor parte del tiempo viajan- 
do, jamás lo hago por placer, sino por necesi- 
dad imperiosa de mi profesión. Mi viaje de 



94 



Impresiones Americanas 

New York á St. Louis, sin embargo, fué úni- 
ca y exclusivamente de recreo; y de lo que 
entonces sufrí no puedo culpar á nadie, lo cual 
siento infinito, por aquello de que siempre es 
dulce tener á quien echarle la culpa de cuanto 
malo nos sucede. 

Tan pronto hube pagado el precio del pasaje 
en la taquilla de la estación, el empleado puso 
en mis manos una tira de papel verde de dos 
varas de largo, que me fué arrebatada, al lle- 
gar al andén, por un portero. Este cancerbero 
uniformado, perforó la tira de papel en distin- 
tos sitios y me la devolvió. Al llegar al tren, 
otro empleado repitió la operación; y ensegui- 
da, precedido de un negro sirviente, vestido de 
blanco y con gorra semi-militar, hice mi en- 
trada en el Pullman car, coche lujoso, verda- 
dera obra de arte (una obra de arte en la que 
no hay sitio para poner la maleta). 

El tren se puso en marcha, y á los pocos mi- 
nutos tenía yo los ojos llenos de carbón. Me 
vi obligado á cerrar el ventanillo, y entonces 
por poco me muero de calor. De vez en cuan- 
do el negro pasaba junto á mí, armado de un 
enorme cepillo que me pasaba por los zapatos 
y la cara, y continuaba su camino, repitiendo á 
derecha é izquierda la misma operación con 
todos los viajeros. 



95 



Rafael Conté 

A las ocho de la noche, a pesar de no tener 
sueño, el negro preparó mi litera y me ordenó 
que me acostara. Para lograr esto fué preciso 
que trajera una escalera, y gracias á ella y a 
una curva espantosa que ladeó completamente 
el tren, conseguí rodar sobre los colchones. 

El techo estaba situado á media vara sobre 
el nivel de mis narices, y no me podía quitar 
la ropa. Por fin, después de grandes esfuerzos 
y acrobatismos maravillosos, logré despojarme 
victoriosamente del sombrero. 

La noche fué deliciosa. Por el ventanillo, 
abierto, penetraban nubes de humo, carbón y 
polvo. 

A las ocho de la mañana siguiente volvió el 
negro, y me ordenó que me levantara. 

Con ayuda de la escalera y de una cabeza 
que asomó en la litera inferior, logré descender 
de mis alturas, y me dirigí al lavatorio, donde 
ya me tenían preparado el baño, consistente en 
un litro de agua, una tohalla y una pastilla de 
jabón. 

Después, sintiendo apetito, llamé al negro y 
le pedí de almorzar. 

— ¿Qué desea? me preguntó, mientras dobla- 
ba una sábana con manos y dientes. 

— Huevos pasados, respondí. 

— No los hay. 

96 



Impresiones Americanas 

—Pues bien, dígame entonces lo que tienen 
aquí para comer. 

— Oh ! tenemos sardinas en lata, pollo en la- 
ta, pescado en lata, carne en lata, espárragos 
en lata . . . 

— Llame usted al cocinero, le dije. 

— Yo soy el cocinero, respondió. 

— Y ¿con qué guisa usted? 

— Con el abridor de latas ! . . . 

Por fin!! llegamos á St. Louis. 

Desde entonces tengo profundo terror á los 
viajes en tren. 

Si tú, lector amable, sientes alguna vez de- 
seos de viajar «con todas las comodidades mo- 
dernas », puedes hacerlo sin salir de tu casa. 
Verás cómo: 

No comes ni te bañas durante veinticuatro 
horas; te introduces tres ó cuatro pedazos de 
carbón en un ojo ; tiras veinte duros por la ven- 
tana; ensucias un traje nuevo, y luego te acues- 
tas en una tabla del escaparate. 

Y habrás experimentado todas las delicias 
de un viaje en ferrocarril. 



St. Louis, Agosto de 1904. 



97 



EL VALOR DE UN BESO 



D 



i jo el poeta 



¿ « Qué por qué te quiero menos 
«des que me diste aquel beso? 
<' Pues . . . por eso!! » 

Lo cual, traducido libremente á vil prosa, 
significa que, en opinión de ese vate, el beso 
debe considerarse como el principio del fin del 
amor. 

Byron, sin embargo, pensaba de muy distin- 
to modo. 

«Cuando existe verdadera pasión, decía, el 
beso es un nuevo y poderoso eslabón, que hace 
más firme y resistente la cadena que une á dos 
seres que se aman.» 

Shakespeare pone en boca de lago lo si- 
guiente : 

«Todo en el mundo es burla y artificio: 
«la lágrima y el 'beso, 
«la piedad, el amor y el sacrificio.» 



99 



Rafael Conté 

Víctor Hugo ha llamado al beso «la más dul- 
ce gota de néctar contenido en el cáliz del amor)). 

Difieren, pues, las opiniones de los poetas 
en un asunto de tanta importancia. 

Yo creo que debemos aceptar como bueno el 
parecer de Byron, que era perito en la materia, 
por haber besado durante su vida más mujeres 
hermosas que ningún otro vate de los que han 
existido hasta la fecha. 

Los americanos son de ese modo de pensar. 
Según ellos ... y ellas, el beso, lejos de contri- 
buir al término de una pasión, es un incentivo 
del amor. Y tal vez por eso se besa tanto en 
este país. 

Ahora bien: es sabido que los yankees poseen 
gran espíritu investigador. Opinando todos que 
el beso era «una cosa buena», quisieron po- 
ner en claro qué clase de ósculos eran los mejo- 
res. Y el asunto fué sometido á sufragio. 

Las columnas de los diarios de la tarde se 
vieron llenas de opiniones durante dos me- 
ses. Unos se declararon partidarios del beso 
corto y sonado, otros del prolongado y silencio- 
so; éstos declararon que una mejilla sonrosada 
era el lugar más á propósito para depositar el 
beso; aquéllos proclamaron las delicias de unos 
labios húmedos y temblorosos . . . 

Debo decir, en honor de los americanos, que 



Impresiones Americanas 

la inmensa mayoría participaba de esta última 
opinión. Pero la minoría no se daba por vencida, 
y fué preciso que alguien tuviera una idea lumi- 
nosa, para que se adoptase una resolución final. 

Esa idea consistió en proponer á los dos ban- 
dos contendientes un arbitraje. Aceptado por 
todos, se nombró juez á Byron. 

« Busquemos, dijo el autor del proyecto, en- 
tre las obras del malogrado poeta inglés, una 
opinión sobre el particular. Y prometamos 
someternos á ella sin replicar.;) 

¡Qué homenaje tan merecido ala memoria 
del inmortal cantor de Childe Harold! 

Hé aquí lo que el poeta había escrito : 

« Nada tan grande, tan verdaderamente gran- 
de como un beso de amor! Ceñid con la diestra 
la cintura de la mujer querida, dejando que vues- 
tro brazo se apoye sobre sus caderas. Su cabeza 
perfumada descansará sobre vuestro hombro, y 
su boca, de labios incitantes, murmurará una 
dulce provocación. Aspirad el aroma que se 
desprende de aquella carne joven, que palpita 
con estremecimientos de anticipado placer. 
Aproximad lentamente vuestros labios, encen- 
didos por el deseo, á los suyos, calentados por 
el vaho de la pasión. Unidlos en un beso lar- 
go, prolongado, interminable y silencioso. Dad 
con ese beso vuestra vida y recibid la suya: 



Rafael Conté 

confundid las dos existencias, y gozaréis del 
más grande é inefable de los placeres.» 

Cuando se publicó en los periódicos la opi- 
nión de Lord Byron, la discusión cesó, convi- 
niendo todo el mundo en que el beso prolonga- 
do y silencioso era el mejor. 

Pero no pararon ahí las cosas. El espíritu 
investigador de los yankees los arrastró hasta 
establecer (¡horror de los horrores!) el valor le- 
gal de un beso en buena moneda de los Esta- 
dos Unidos. 

Debo decir, antes de pasar adelante, que aquí 
los jueces y tribunales dan sus fallos sin ajus- 
tarse estrictamente á la letra ó el espíritu del 
Código (que tal cosa no existe después de todo) 
sino fundándose en el precedente que con una 
sentencia anterior haya establecido otro juez ó 
tribunal. Así, por ejemplo, de acuerdo con el 
fallo pronunciado por el magistrado Gordon, de 
Jersey, hace tres años, condenando á una com- 
pañía de tranvías á pagar tres pesos cincuenta 
centavos de indemnización á los padres de un 
niño de cino£> anos, que fué muerto por un ca- 
rro, la vida de un muchacho de esa edad no 
vale más ante la Ley. 

Pero volvamos á los besos. 

Julia Atkins, que lleva sus treinta y dos años 
con tanta gracia y soltura como su pctticoat de 



102 



Impresiones Americanas 

seda roja, acabado de salir de casa de Saks, 
se presenta ante el juez Black, de Albany, é in- 
terpone querella contra su ex-prometido, John 
Davis, por ((haberla engañado durante ocho 
años con falsas promesas matrimoniales, para 
abandonarla después y hacer la corte á otra jo- 
ven de la misma ciudad. La demandante ex- 
pone que durante esos ocho años, Davis la ha 
besado dos mil quinientas sesenta y ocho veces ; 
que recuerda exactamente el número de besos 
recibidos, porque desde el primer día ha ido 
anotando, diariamente, en una libreta, los 
ósculos que Davis le daba.» Y que, «en vista 
de todo lo expuesto, la citada señorita Julia 
Atkins, por medio de Harold Mitchel, su abo- 
gado, que suscribe, pide á la corte condene al 
precitado John Davis, á pagar á la demandante 
la suma de treinta mil dollars, in gold coin of 
the United States of America», etc., etc., etc. 

Cuando se publicó esta demanda en los pe- 
riódicos, la espectación fué general. Iba, por 
fin, á saberse el valor de un beso, según la Ley. 

El juez Black estudia detenidamente el caso ; 
toma declaración á Miss Atkins, á Davis y á va- 
rios testigos, y sentencia condenando al novio ca- 
lavera á pagar siete mil pesos de indemnización. 

El abogado Mitchel no se da por satisfecho ; 
y hace presente á la Corte, que en 1858 un juez 



103 



Rafael Conté 

de Albany había condenado á un individuo á 
pagar á una señorita, á la que había besado 
trescientas veces, la cantidad de tres mil qui- 
nientos cuatro pesos, lo que quería decir, clara 
y terminantemente, que, en opinión de ese 
juez, el valor de un beso era de once pesos sesen- 
ta y ocho centavos, y que al pedir él (Mitchel) 
la cantidad de treinta mil do llar s por los dos mil 
quinientos sesenta y ocho besos recibidos por 
Miss Atkins, no hacía más que reclamar, por 
cada ósculo, la misma suma de once pesos se- 
senta y ocho centavos en que se habían avalo- 
rado los famosos trescientos besos de mil ocho- 
cientos cincuenta y ocho. El golpe era directo ; 
y por un instante el juez Black no supo qué res- 
ponder. Se repuso sin embargo y preguntó : 

— ¿Qué edad tenía la joven que recibió once 
pesos sesenta y ocho centavos por cada beso? 

— Diez y nueve años, repuso el abogado 
Mitchel. 

— Bien, dijo el juez. Las cosas son distintas y 
no veo motivo para variar mi decisión. Si un 
beso de diez y nueve años fué tasado en once 
pesos sesenta y ocho centavos, un beso de 
treinta y dos años no debe costar más de dos 
pesos y siete centavos. Sería gollería pedir 
más. Ratifico mi fallo.» 

New York, Noviembre de 1903. 

104 



EL PARLAflENTO DE LA 
- PRENSA DEL HUNDO = 



Lsta mañana, á las nueve, en medio de indes- 
criptible entusiasmo, se celebró la inauguración 
del Gran Parlamento de la Prensa del Mundo, 
acto de trascendentalísima importancia, y que 
será, de fijo, una de las notas más simpáticas y 
de interés más palpitante de la Exposición de 
St. Louis. 

La sesión de hoy quedó limitada á la Asam- 
blea General de Directores de Periódicos Ame- 
ricanos, siendo el número de los que con tal 
carácter concurrieron, cerca de cuatro mil (!). 

El próximo jueves tendrá lugar en Congress 
Hall la Convención de Periodistas del Mundo, y 
según los cálculos menos exagerados, pasarán 
de doce mil los chicos y grandes de la Prensa 
que asistiremos. 

Para que puedan mis lectores formarse una 



105 



Rafael Conté 

idea aproximada del número de periodistas ve- 
nidos á St. Louis con objeto de asistir al 
Parlamento, les diré que yo, que he llegado en 
representación de La Ludia con cinco días de 
antelación, tengo el número 9,642. 



La sesión de hoy fué declarada abierta á las 
nueve en punto por el Presidente de la Conven- 
ción de Periodistas Americanos, Capitán Henry 
King, director propietario del St. Louis Globe 
Democrat. 

Al agitar el veterano periodista la campanilla, 
la inmensa concurrencia se puso de pie, mien- 
tras el reverendo C. H. Patton, con solemne 
acento, invocaba «para la Prensa del Mundo» 
el favor de Dios. 

Frente al Congress Hall, las bandas de música 
dejaban oir los himnos nacionales de todos los 
países, y una inmensa muchedumbre aclama- 
ba delirante, agitando banderas y estandartes 
blancos con inscripciones como éstas : «y Vivan 
los Periodistas! St. Louis les pertenece»; «¡Glo- 
ria d la Prensa!»; «La Prensa es el Evangelio de 
los Pueblos»; «¡Honor y gloria d Guttenberg!» 

Después que el reverendo Patton hubo ter- 
minado su invocación, hizo uso de la palabra 
Mr. Francis, Presidente de la Exposición, para 
declarar que los ciudadanos de St. Louis, al 



106 



Impresiones Americanas 

gastar diez millones de pesos en su gran cer- 
tamen, no lo habían hecho, como aseguraban al- 
gunos mal intencionados, con el propósito de 
lucrar, sino única y exclusivamente con objeto 
de demostrar á la faz del mundo su agradeci- 
miento á la gran nación americana, que al con- 
ceder á su territorio el honroso título de Estado, 
había contribuido tan poderosamente á su en- 
grandecimiento y prosperidad. 

Después de Mr. Francis, subió á la tribuna el 
Honorable F. V. Collins, de Minneapolis, pro- 
nunciando un hermosísimo discurso, cuyo tema 
fué el siguiente: El Periodista Moderno. La 
Escuela de Periodistas. 

Se ocupó con extensión el orador de la Aca- 
demia de Periodistas, fundada en la Universi- 
dad de Columbia, New York, por Mr. Pulitzer, 
director del World, de aquella ciudad. 

« Ha pasado el tiempo, dijo, en que resultaba 
de buen tono reirse de la idea de fundar una 
Escuela de periodismo. Hoy existe por fortuna ; 
y los hechos demuestran diariamente lo necesa- 
ria que es. Para ser periodista á la moderna 
se va haciendo indispensable estudiar para pe- 
riodista, lo mismo que se estudia para médico, 
abogado ó ingeniero. 

« Ya no basta nacer periodista 6 hacerse perio- 
dista; se necesita aprender á serlo. Y la mejor 



107 



Rafael Conté 

manera de lograrlo, es asistir á esa admirable 
escuela que debemos á la munificencia de un 
periodista neoyorkino. 

« Pasó la época de las especialidades periodís- 
ticas. 

« En una publicación moderna sólo pueden te- 
ner cabida los periodistas que sepan ser, á la vez, 
literatos, políticos, traductores, corresponsales, 
redactores, repórters, cronistas, todo en fin. 
¿Qué se diría de un abogado que sólo supiera 
defender casos determinados, ó de un farma- 
céutico que no fuera capaz de despachar más 
que ciertas recetas? Pues bien: un periodista 
es igual. Debe ser completo en su profesión. 
De lo contrario, aunque él se crea periodista, 
no lo es ni llegará jamás á serlo.» 



St. Louis, Mayo, de 1Q04. 



108 



AVENTURAS DE UN REPÓRTER 



N 



evaba copiosamente cuando salí de la re- 
dacción. 

Dudo que ni aun mi propio hermano hubiera 
podido reconocerme, bajo los harapos que me 
cubrían. 

Si se me permite la frase, diré que iba vesti- 
do correctamente. En todo, hasta en la podre- 
dumbre y la miseria, puede haber corrección. 

Mi disfraz de mendigo era completo y perfec- 
to. El Duque de Egipto de la Corte de los Mi- 
lagros no habría vacilado en nombrarme presi- 
dente, ó vocal por lo menos, del tribunal que 
sentenció á Gringoire. 

Al mismo tiempo, la barba crecida y el cabe- 
llo desgreñado, me comunicaban cierto aspecto 
de bandido del Bowery, que debía facilitarme 
la entrada en determinados lugares, cuyas puer- 
tas jamás se abren ante los hombres de bien. 

¿1 director del periódico se limitó a darme á 
conocer el objeto que se proponía, sin añadir 
instrucciones, consejos ni dinero. 



109 



Rafael Conté 

«El Presidente de las Asociaciones de Caridad 
de New York, me dijo, acaba de afirmar en un 
diario de la tarde, que en esta ciudad se puede 
vivir cómodamente sin gastar dinero y sin tra- 
bajar. Deseo obtener una buena información 
sobre ese particular ; y he decidido enviarlo á 
usted, porque, á más de otras cualidades, cono- 
ce perfectamente varios idiomas, lo que ha de 
servirle de mucho, puesto que tendrá necesa- 
riamente que mezclarse con gentes de todas 
nacionalidades. No le facilito dinero alguno, 
porque va usted, precisamente, á tratar de vivir 
sin trabajar y sin gastar ni un centavo ; y por 
lo que á recomendaciones y consejos se refiere, 
omito el dárselos, porque deseo dejar á usted 
toda la gloria del trabajo que va á realizar.» 

Diciendo estas palabras, el director reanudó 
su interrumpido artículo de fondo ; y yo salí á 
la calle con el sombrero calado hasta los ojos y 
las manos escondidas en los profundos bolsillos 
del gabán. 

Me dirigí derechamente al Bowery; y cerca 
de la calle de Houston, sintiendo que el frío me 
mordía rabiosamente las orejas, entré en un 
barroom para calentarme. 

Sentados ante una mesa había varios indivi- 
duos jugando al poker y fumando plng-cut. 
A espaldas de uno de los jugadores, que tenía 



IIO 



Impresiones Americanas 

todo el aspecto de un honrado comerciante al 
por menor, observé una especie de gigante, que 
llevaba un traje mitad de marinero y mitad de 
bandido, el cual, sentado á horcajadas sobre un 
mugriento taburete, en cuyo respaldo reclina- 
ba su enorme cabeza de galeote, parecía suma- 
mente interesado en el juego. De vez en cuan- 
do tosía con violencia, escupía y se examinaba 
minuciosamente la garganta, con ayuda de un 
espejo, que siempre tenía el cuidado de colocar 
de tal modo, que reflejara las cartas del jugador 
que ante él estaba sentado. 

Este último, ¡naturalmente!, perdía casi de 
continuo ; y sin duda para hacer que cambiara 
la mala sombra que le perseguía, trasegaba á su 
estómago enormes schooners de cerveza, que el 
cantinero, antes de servirle, tenía buen cuidado 
de preparar. 

Desde luego comprendí de lo que se trataba; 
y redoblé mi atención. 

No tardaron los toughs en notar mi presencia, 
y molestándoles, sin duda, trataron de alejar- 
me de allí. 

Para conseguirlo dieron comienzo á una serie 
de maniobras, indudablemente hábiles, y que 
habrían dado el resultado que ellos deseaban, 
de no haberse tratado de un hombre que, como 
yo, estaba prevenido de antemano. 



Rafael Conté 

Después de media hora empleada por los' 
loafcrs fl) en llamar mi atención hacia la calle, 
donde, según decían en voz alta, con el propó- 
sito de que yo los oyera, estaban riñendo á puñe- 
tazos Kid Murphy y Al Smith, notables pugi- 
listas callejeros, uno de ellos, el del espejo, de- 
cidió emplear medios heroicos ; y abandonando 
su ventajosa posición á espaldas del jugador á 
quien desplumaban, se acercó á mi mesa, y en- 
tabló conversación, empezando por el Helio 
Bill! de rigor entre esa gente. 

Cuando supo que yo era Dan Bnrkett, de Buf- 
falo, me dijo que él era Chic Latham, de Detroit. 
Pareció interesarse con el relato de mi viaje á 
pie desde Chicago á New York, y me ofreció 
un trozo de tabaco de mascar. 

Después me felicitó, dándome un formidable 
puñetazo de admiración, por mi último robo 
en Newark. Tomé nota de que Bill Me. 
Farland había sido reducido á prisión, por 
asaltar una casa el día anterior, y supe que el 
negocio no producía mucho en esos momentos, y 
que teníamos constantemente sobre los talones 
al Capitán Titus y sus sleuths. < 2 > 

— No todos los días, dijo, se consiguen fáci- 
les como ése. 

( i ) Loafer— Apache. 

(2) Sleuth. — Espión, detective. El Capitán George Titus era 
en esa época jefe de los detectives neoyorkinos. 



Impresiones Americanas 

Y con un movimiento de cabeza señaló al 
confiado jugador. 

— ¿ Por qué no vas á ver á Joe ? me preguntó. 
Él prep?r.9 un buen golpe para mañana. Puedes 
ser de la partida. Entre tanto puedes chuparle 
un poco d la ciudad. 

Después me indicó el sitio en que podía en- 
contrar á Joe. 

— Dile que viste á Jim Frasser en Boston y 
que te recomienda Chic Latham. Joe te dará 
boletos de caridad. Oye! y no vayas á mover 
demasiado la sin hueso y á dejar que se te caigan 
los dientes. Don't squeal. <*) ¿ Estamos ? Tú 
sabes que Chic Latham es un hombre y que 
cumple lo que ofrece. Ahora toma un nickel 
para el banquete, y ¡lárgate! ¡Que no te vea 
por aquí otra vez! 



Salí á la calle, dispuesto á cumplir al pie de 
la letra mi comisión. Por medio de los boletos 
de caridad que me daría Joe dormiría aquella 
noche en uno de los lodging houses que sos- 
tiene la ciudad, para albergar á los que de todo 

(i) Don 'í squeal.— -No gruñas. — En slang^ gruñir equivale á 
delatar. 



113 



Rafael Conté 

carecen, y que allí encuentran, por lo menos, un 
pan y un jergón. 

Al empujar la puerta del barroom para salir, 
dirigí la vista al grupo de jugadores. 

La víctima, el fácil, como Chic le llamaba, 
acababa de quedarse dormido. 

El narcótico había producido su efecto. 

Al siguiente día, probablemente, habría una 
viuda más en New York. 



II 



Joe me recibió con agrado, y luego que le hu- 
be manifestado el objeto de mi visita, me en- 
tregó un boleto de caridad, provisto del cual me 
presenté á las seis de la tarde en el lodging house- 
de la calle Delancey. 

Un grupo numeroso esperaba frente á la 
puerta á que dieran la orden de entrar. Este gru- 
po estaba formado de hombres de todas las cla- 
ses de la sociedad, que sólo guardaban entre sí 
una afinidad : la miseria. En los rostros de algu- 
nos se retrataban la cortedad y la incertidumbre 
propias de los que, como yo, acudían á ese sitio 
por vez primera. En los de otros, por el contra- 
rio, se advertía ese aire de seguridad, de firme- 
za, característico del asiduo parroquiano del 
lodging house. 



n 



Impresiones Americanas 

Entre aquellos hombres había ladrones de 
oficio y ladrones de ocasión; mendigos profesio- 
nales y pobres vergonzantes; presidiarios cum- 
plidos y futuros galeotes ; empleados cesantes y 
vagabundos perpetuos; grandes dolores y cinis- 
mo repulsivo ; ojos enrojecidos por el llanto y 
ojos enrojecidos por el alcohol; levitas conver- 
tidas en harapos y harapos hechos tiras ; mira- 
das sombrías fijas en un horizonte de sangre y 
miradas tristes vueltas hacia un pasado mejor; 
la aurora del delito y el ocaso del crimen ; un 
estercolero de miserias fermentando en una 
charca de bajas pasiones! . . 

Después de esperar cerca de media hora, se 
presentaron á la puerta varios empleados, ves- 
tidos con unos uniformes de color azul, bastan- 
te parecidos á los que usan los conductores de 
los tranvías, y el que parecía ser jefe dio la orden 
de entrar. 

Se nos condujo, antes que nada, á una sala 
de grandes dimensiones, donde, obedeciendo el 
mandato de nuestros conductores, nos despoja- 
mos del traje, quedando completamente desnu- 
dos, pues hasta los zapatos nos hicieron quitar. 
Después nos llevaron al cuarto de baño, donde, 
á pesar de las protestas de algunos, nos obliga- 
ron á colocarnos bajo las heladas duchas. Se 
nos entregó entonces, á cada uno, un trozo de 



115 



Rafael Conté 

jabón fenicado y un cepillo de cerdas gruesas y . 
ásperas. En seguida el Jefe del departamento 
ordenó que nos baldeásemos de firme (textual). 

Había entre los bañistas algunos poco aficio- 
nados á la hidroterapia y á éstos se dirigían, 
por parte del empleado, algunas frases como 
ésta, dichas en slang: ( x ) 

— Gwan, Bill! Yer scrub yerself hard, or FU 
knock yer block off! ^ 

Esta amenaza, repetida muy á menudo y se- 
guida de vez en cuando de argumentos contim- 
dentes, dio por resultado un afán de limpieza 
tal, que cuando salimos del baño estábamos to- 
dos blancos y relucientes como monedas de 
plata recién acuñadas. 

A cada uno se nos entregó entonces una gran 
bata de felpa y un par de chinelas del mismo 
material. 

En seguida fuimos conducidos al dormitorio, 
y á los cinco minutos muchos roncaban. 

Las camas eran bastante cómodas, las sába- 
nas limpias, y el local hubiera podido conside- 
rarse confortable, á no ser por un penetrante 
olor á materias desinfectantes, al que no podía 
uno acostumbrarse sin molestia. 



(i) Slang.— Argot del pneblo bajo. 
(2) Gwan, Bill: yer scrub yerself hard.or Plí knock yer block 
(#/-Vamos, Bill, baldéate recio, ó te arranco la cabeza. 



Il6 






Impresiones Americanas 

A las cinco, despertados por el tañido de una 
gran campana, estábamos todos en pie. 

Entonces se nos devolvió la ropa que tenía- 
mos el día anterior. Al ponerme la camisa no- 
té que estaba sumamente húmeda, lo mismo 
que el resto del traje. 

Hube de preguntar la causa, y se me dijo que, 
desinfectada la noche antes en una solución de 
ácido fénico (!) no había podido secarse com- 
pletamente, á causa de la falta de carbón. Es de 
advertir que esto ocurría en los días tristes de 
la huelga de Pennsylvania. 

Luego que estuvimos vestidos, se nos condu- 
jo al comedor, donde nos sirvieron un desayuno 
de pan y café. 

Después, provistos de un boleto que daba 
derecho á dos comidas en alguno de los mu- 
chos restaurants que tiene establecidos en toda 
la ciudad el Departamento de Caridad, salimos 
á la calle. 

Había cesado de nevar. 

Recorrí el Bowery en todas direcciones ; vi- 
sité diferentes barrooms de esos cuya parroquia 
se compone principalmente de bandidos y men- 
digos, y en uno de ellos un jugador de poker 
que ganaba, me cbsequió con un vaso de cer- 
veza y un trozo de tabaco, que tuve buen cuida- 
do de convertir en algo parecido á picadura, que 



117 



Rafael Conté 

envolví después en el margen de un periódico. 
Aquel improvisado cigarrillo me supo á gloria, 
y durante diez minutos aspiré su aroma con 
verdadero deleite. 

A las doce me encontraba en un fonducho 
de la calle Fulton, dispuesto á devorar, con 
apetito de veinticinco anos, los manjares que 
graciosamente me proporcionaba el Departa- 
mento de Caridad. 

«Sopa de lentejas; carne cocida; pan y café»: 
tal era el menú. Los platos estaban bien con- 
dimentados y las raciones eran abundantes. 
Salí completamente satisfecho del restaurant. 

Hasta las cinco continué mi recorrido, y á esa 
hora, después de convencerme por experiencia 
propia, de que en New York se puede vivir sin 
trabajar, regresé á la redacción del periódico, y 
di cuenta de mis impresiones al director. 

— Bien, me dijo: mañana trate de averiguar 
si es tarea fácil encontrar trabajo en New York. 



III 



En poco más de veinticuatro horas había lo- 
grado convencerme de que en esta gran ciudad 
se puede fácilmente vivir sin trabajar. 

El Departamento de Caridad, que á más del 
apoyo decisivo del gobierno, cuenta también 



118 



Impresiones Americanas 

con cuantiosos legados y donativos particulares, 
dispone de vastísimos recursos pecuniarios para 
atender á los millares de desgraciados que pulu- 
lan por las calles y plazas de la soberbia metró- 
poli norteamericana, sin otro techo que el cielo 
ni más a 1 imento que un mal pedazo de pan. 

Los lodging-houses y restaurants que tiene el 
citado Departamento á disposición de los nece- 
sitados, reúnen todos los requisitos indispensa- 
bles de orden, limpieza y basta comodidad ; y 
los que á ellos acuden encuentran siempre « el 
bocado y el nido» de que habla Poquelín de 
Moliere. 

Debo decir aquí, sin embargo, que por las 
observaciones personales que en aquella ocasión, 
para mí memorable, hube de hacer, llegué á la 
conclusión, por demás dolorosa, de que al pobre, 
al verdadero pobre, lejos de ser beneficiosa, es 
perjudicial esa reglamentación de la Caridad. 

Durante mi estancia de poco más de un día 
en el seno de aquella sentina humana, pude 
convencerme de que la inmensa mayoría de los 
que se aprovechan y viven de esa obra de mise- 
ricordia con estatutos, son los que menos sim- 
patías merecen y los que tal vez necesitan me- 
nos de que se les proteja y socorra. 

Todos los días mueren de hambre en New 
York dos ó más personas. 



119 



Rafael Conté 

Por íegla general, esas víctimas de la miseria 
son jornaleros sin trabajo, padres de familia 
que, si estuvieran solos, podrían encontrar pan 
y albergue en alguno de los citados lodging- 
honses ó restaurants; pero que no pudiendo 
conducir á esos lugares á su mujer tísica y á sus 
hijos, anémicos y encanijados, prefieren per- 
manecer junto á ellos y correr la misma suerte. 
La muerte sobreviene ; el médico forense cer- 
tifica las causas que la han producido ; se les lleva 
á la Morgue y luego se les arroja á la fosa co- 
mún. Ai siguiente día los periódicos publican 
cuatro renglones, ¡ y se acabó ! 

Esos desgraciados luchan titánicamente para 
evitar lo inevitable. Empiezan por buscar tra- 
bajo: ¡no lo hay! ; luego apelan a la caridad: en 
todas partes les dan con la puerta en las nari- 
ces. Ningún habitante de New York se consi- 
dera obligado á dar limosnas. 

— « No tenemos necesidad de semejante cosa, 
dicen ; para eso sostenemos un Departamento 
de Caridad.w 

Ahora bien : imagínese el lector un cuadro 
de miseria de esos que son tan comunes aquí. 
Un padre de familia que ve á los seres que ama 
sucumbir de inanición. 

En la casa no queda ni un mal pedazo de 
pan ; el frío es horrible, y no hay una hornilla 



1 20 



Impresiones Americanas 

con fuego ni una ventana que no esté desven- 
cijada. 

Ese pobre hombre lo que necesita para él y 
los suyos es un poco de alimento y un poco de 
carbón. Sus vecinos, sus semejantes, sus her- 
manos en Dios, son los que pueden facilitarle 
esos auxilios. Si acude al Departamento de 
Caridad, situado tal vez á enorme distancia de 
su casa, le darán un boleto personal para un 
lodging-hoiise. Las personas á quienes se diri- 
ge, le vuelven la espalda. La familia aquella 
muere de hambre . . . aquí, en la rica, en la ar- 
chi-millonaria New York! 

En Cuba no está todavía organizada la Cari- 
dad. Y por eso se practica. En Cuba todo 
el mundo está siempre dispuesto á socorrer al 
necesitado. No así en los Estados Unidos. 

El reglamentar las obras de misericordia, tal 
vez denotará el progreso de un pueblo, pero no 
denota su nobleza de alma. 

Y yo me siento orgulloso de ser ciudadano del 
país que ha progresado menos, pero que, así y 
todo, es el mejor. 

A las siete de la mañana di comienzo á mis 
pesquisas en busca de trabajo. 



Rafael Conté 

Por espacio de diez horas recorrí las calles 
de la gran metrópoli, y durante ese tiempo vi- 
sité cuarenta y dos oficinas. En algunas (muy 
contadas) me preguntaron mi nombre y direc 
eión, « para cuando ocurriera una vacante ». 

En la mayor parte, sin embargo, ni siquiera 
quisieron recibirme. 

A las seis de la tarde, cansado y con las es- 
peranzas perdidas, regresé á mi casa, dispues- 
to á proseguir á la mañana siguiente, mi inte- 
rrumpida labor. 

No quiero cansar á mis lectores. 

Básteles saber, que durante tres días hice 
publicar solicitudes en todos los periódicos 
neoyorkinos, que contesté más de cincuenta 
anuncios que en los mismos aparecían, y que no 
descansé un solo momento, buscando trabajo 
con tanto empeño como si en realidad lo nece- 
sitara. 

Me ofrecía como traductor, taquígrafo, me- 
canógrafo, ingeniero, periodista, tenedor de li- 
bros, mecánico, carpintero, sastre, profesor de 
idiomas y farmacéutico. No me importaba decir 
que sabía ejecutar trabajos que ignoraba, toda 
vez que no pensaba aceptar ninguna colocación. 

Recuerdo que en una casa comisionista me 
rechazaron, porque no « hablaba correctamente 
el castellano» (!!). 



Impresiones Americanas 

Un individuo, fabricante de cajas de hierro, 
me hizo sufrir un examen de media hora, con 
objeto de cerciorarse de si yo sabía barrer. 
Después me preguntó si hablaba francés y 
alemán. 

Aunque conozco el primero, el segundo de 
esos idiomas me es completamente desconocido. 
Y con ese motivo, el fabricante de cajas de 
hierro ¡me rechazó! 

En un taller donde solicitaban « un hombre 
vigoroso », me dijeron que no servía, porque mi 
estatura es solo de cinco pies once pulgadas y 
ellos querían un hombre que tuviera, por lo 
menos, seis pies. 

En muchos lugares, donde me presenté á las 
siete de la mañana, me dijeron que había lle- 
gado tarde . . . 

Después de tratar, infructuosamente, de colo- 
carme, por espacio de tres días, regresé á la 
redacción, convencido de que en New York se 
puede fácilmente vivir sin trabajar; pero tam- 
bién convencido de lo difícil, lo sumamente di- 
fícil que se hace encontrar ocupación. 

Por eso, hoy, cuando oigo á los felices decir: 
((El que quiera prosperar, que trabaje!» me en- 
cojo de hombros y me echo á reir. 

New York, Julio de 1903. 

123 



UNA INTERVIEW 



Y, 



a le tenemos aquí! Por fin llegó! 

Me refiero á Su Magnificencia el príncipe 
Fushimi, del Japón. 

Hizo su entrada en New York escoltado por 
un piquete de policías municipales, rodeado de 
detectives del Central Office y seguido de un 
ejército de secretarios, dependientes, ayudan- 
tes, criados, repórters, curiosos, adulones, des- 
ocupados, autoridades civiles y militares y una 
inmensa muchedumbre de limpia-botas y ven- 
dedores de periódicos, que agitaban pañuelos y 
sombreros y gritaban: ¡Banzai! 

De la estación se dirigió en línea recta al 
hotel Saint Regís, que es diez veces más lujoso 
y más caro que el Waldorf Asteria. 

Para que mis lectores puedan formarse una 
idea aproximada de la suntuosidad de dicho 
hotel, básteles saber que la cama que se ha 



125 



Rafael Conté 

destinado al príncipe costó diez mil pesos, y 
que la habitación de menos precio del estable- 
cimiento cuesta ciento setenta y cinco duros 
diarios de alquiler. 

Nota bene: En el hotel Saint Regis no 
hay nunca cuartos desocupados. ¡Así es New 
York! 

Entretanto, los pobres se mueren de hambre 
y carecen de carbón ! 

¡Así también es New York! 

Volvamos al príncipe Fushimi. 

Ha venido á los Estados Unidos, como en- 
viado especial del Mikado, á desempeñar una 
comisión de la mayor importancia ; y el Ayun- 
tamiento neoyorkino lo ha nombrado huésped 
de honor de la ciudad, y el Gobierno de Wash- 
ington, huésped de honor de la nación. 

¡ ¡ ¡Banzai! ! ! 

Si digo que Su Alteza tiene cara de diablo, 
les aseguro á ustedes que mi intención no es 
ofender á nuestro distinguido visitante. 

Es la pura verdad. En mi vida he visto ros- 
tro más parecido al de un Meftstófeles de esce- 
nario. Por lo demás, el príncipe es de elevada 
estatura (lo cual es muy raro entre los japone- 
ses) enjuto de carnes, de mirada penetrante y 
aire distinguidísimo. 

Más que un príncipe, parece un rey; y en su 



126 



Impresiones Americanas 

presencia siente uno ganas de saludarle con un 
¡Banzai d Vuestra Satánica Majestad! 

Acompañan á Su Magnificencia (como antes 
dije) muchos secretarios, dependientes y do- 
mésticos de todas clases. Desde el encopetado 
valet de chambre hasta el humilde muchachillo 
que da lustre á las botas del señor. 

Todos estos criados y dependientes y secreta- 
rios, podrían pasar muy bien por hermanos del 
príncipe, debido á lo mucho que, físicamente, 
se le parecen, y á que todos se visten de la mis- 
ma manera, esto es: levita Prince Albert, panta- 
lón claro, botas charoladas y sombrero hongo, 
ó como decimos en Cuba: bombín, 

I T ada más difícil que celebrar una entrevista 
con Su Alteza. Y no porque el distinguido 
japonés se niegue á recibir á los periodistas, 
sino á causa de las muchas precauciones de que 
le rodean sus acompañantes y las autoridades 
americanas. En sus soberbias habitaciones del 
Saint Regis, el amarillo potentado está tan bien 
guardado y puede considerarse tan seguro, co- 
mo Napoleón en su tienda de campana, en 
medio de los cuadros de la Guardia Imperial. 

Sin embargo: á pesar de saber yo todo esto, 
y acaso por lo mismo, pues nada me seduce 
tanto como vencer dificultades, decidí celebrar 
una entrevista con el príncipe, quien de fijo 



Rafael Conté 

habría de decirme algo interesante que comu- 
nicar á los lectores de este diario. 

A las dos de la tarde me presenté en ese 
palacio soberbio, maravilloso, que se llama 
el hotel Saint Regis? 

Junto á la gran escalera central, y cerca de 
los ascensores eléctricos que conducen á las 
habitaciones de Su Suavidad (uno de los títulos 
del príncipe, ¡palabra de honor!) se habíanes- 
tacionado más de veinte individuos de su ser- 
vidumbre. Estos señores son los bípedos más 
amables y bien educados que habitan el cuarto 
planeta del sistema solar. Creo que llevan su 
discreción al extremo de pedirse perdón á sí 
mismos cuando se permiten soñar en voz alta. 

Entregué mi tarjeta á un criado del hotel, 
que la tomó con aire protector; me examinó de 
pies á cabeza varias veces, se fijó en mi alfiler 
de corbata, como queriendo cerciorarse de que 
no era una perla de pasta de arroz la que lucía 
en mi flamante ascot (comprada la víspera y 
con motivo de la visita, en casa de Duroc) ; 
penetró con la mirada hasta los forros de mi 
cravenette, con objeto de ver si eran de seda; del 
abrigo pasó á los zapatos : notó que el pantalón 
era de lana escocesa, que los guantes eran ne- 
gros, y que en sus botones de cobre dorado se 
leía: Fownes-Paris, y sonrió como diciendo: 



128 



Impresiones Americanas 

Viene usted como debe. En seguida colocó la tar- 
jeta en una pequeña bandeja de oro, y después 
de dirigir una mirada al reloj de ónix, de ocho 
mil pesos, colocado sobre la escalera, tal vez 
para asegurarse de que no podía ser arrancado 
fácilmente de su alveolo, partió á cumplir su 
comisión. A los cinco minutos regresó acom- 
pañado de un individuo vestido de negro, que 
traía en sus manos mi tarjeta y la examinaba 
con detenimiento. Cuando este hombre estuvo 
junto á mí, empezó á interrogarme: 

— ¿Quién es usted? 

— La tarjeta lo dice — repuse: un periodista. 
¿Y usted? 

— El sargento de detectives Funston. 

— Servidor de usted. 

— ¿Para qué quiere ver usted al príncipe? 

— Para dirigirle algunas preguntas. 

— ¿Acerca de qué? 

Aquí de mi inventiva, pienso yo. Y respon- 
do sin vacilar: 

— Acerca del efecto que ha causado en el Ja- 
pón el movimiento de los semstvos. 

El policía hace una mueca de mal agüero. 
Comprendo que he cometido una tontería, y me 
apresuro á añadir. 

— También deseo preguntarle lo que opina 
sobre el Cuerpo de Policía de New York. 



129 



Rafael Conté 

—¿Y publicará usted lo que el príncipe le 
diga? 
— Desde luego. 

El detective se vuelve al criado y le dice: 
—Conduzca usted al caballero á presencia de 
Mr. Nakoto. 

Ascendemos la gran escalera, y pronto trope- 
zamos con el primer centinela japonés. Mister 
Nakoto, que es el hombre más fino del mundo, 
me pregunta en un inglés pésimo, que ha- 
ría enrojecer de vergüenza á un habitante de 
Boston : 

— ¿Desea usted ver al príncipe, caballero? 
— Sí, señor- si es posible. 
— Su Alteza será muy feliz con su visita. 
Yo me pongo orgulloso, y pienso en lo fácil 
que resulta hacer la felicidad de un príncipe 
japonés. 

—Sí — añade mi amabilísimo interlocutor — 
usted es el primer periodista que le visita des- 
de su llegada á New York, y no dudo que Su 
Magnificencia lo recibirá con agrado. ¿Es que 
desea usted celebrar con él una interview? 

— Ese es mi objeto; pero si tal cosa le des- 
agrada. . . 

—Oh! no. Qué disparate! Su Suavidad 
tendrá mucho gusto. 

Luego me mira con sus ojillos de almendra, 

130 



Impresiones Americanas 

y hace un gesto significativo, en el que leo clara- 
mente estas terribles palabras: 

— Hemos terminado! Ahora, márchese us- 
ted por donde vino. 

— Es que yo desearía — me apresuro á decir- 
ver al príncipe hoy mismo. 

— Ah ! — replica mister Nakoto, — entonces vea 
usted á mister Satsuma. 

— Y, ¿donde encontraré á mister Satsuma? 

— En el corredor; á dos pasos de aquí. 

Prosigo en la dirección que me indica, y 
no tardo en descubrir la segunda avanzada ja- 
ponesa. 

— ¿Mister Satsuma? — pregunto. 

—El mismo, — contesta sonriendo un japone- 
sito muy simpático. Y añade : ¡ Sea usted bien- 
venido! ¡Desea usted ver á Su Grandeza? 

— Sí, señor. 

— Pues bien, aguarde un instante. En este 
momento le acaban de servir el té. 

Permanezco en el corredor cerca de quince 
minutos ; y ya empiezo á impacientarme, cuan- 
do mister Satsuma, que me dejó al pronunciar 
sus últimas palabras, regresa y me dice: 

— Siga usted por todo el corredor, tuerza 
después á la derecha, y allí encontrará... 

— ¿Al príncipe? — pregunto. 

— No, señor, — responde con su eterna sonri- 



131 



Rafael Conté 

sa — á mister Fukashuka. El le indicará lo que 
debe hacer. 

Me dan ganas de volverme, cansado de 
aquella odisea; pero me contiene la creencia 
que abrigo de que la entrevista con el príncipe 
puede resultar de gran actualidad é interés. 
Obedezco, pues, las instrucciones que se me 
han dado, y pocos instantes después recibo el 
saludo de mister Fukashuka. 

Las mismas preguntas: 

— ¿Desea usted ver al príncipe? 

— Sí, señor. 

— Pues aguarde un momento. Está tomando 
una taza de té. 

— ¡ Cómo ! ¿Otra vez? — exclamo sorprendido. 

Después que Fukashuka me hace esperar diez 
minutos, tengo que sufrir los saludos y los in- 
terrogatorios de mister Kiú-ku. 

Luego los de mister Kumotashuma, y los de 
mister Shikoko, y los de mister Pokato, y los de 
mister Yedoki, y los de mister Ricikiax ; hasta 
que ¡por fin! rendido, jadeante, incapaz de or- 
denar ni mis ideas ni mi traje, hago mi entrada 
en la regia cámara de Su Alteza Imperial. 

— En Cuba — digo, inclinándome ante Su Sua- 
vidad, — hay grandes simpatías por los japone- 
ses, y todo el mundo desea que venzan á los 
rusos. 



132 



Impresiones Americanas 

— Me alegro, — contesta el príncipe— de saber 
que se nos quiere tan bien. 

Intento dirigirle otras preguntas; pero no 
doy con ninguna que pueda interesar al príncipe 
6 á los cubanos. 

Entonces, por primera vez, caigo en la cuen- 
ta de que las simpatías que por el Imperio del 
Sol Naciente alientan mis paisanos, y el gran 
interés que en nuestra patria despierta la gue- 
rra ruso-japonesa, son sentimientos tan ridícu- 
los como infundados, puesto que nada, absolu- 
mente nada hay de común entre los dos pue- 
blos, y ningún lazo nos liga al Japón. 

Si se tratara de Francia, Inglaterra, Alema- 
nia. .. de la misma Rusia, pienso, no me falta- 
rían preguntas que dirigir á un representante 
de cualquiera de estas naciones en el curso de 
una entrevista. Un ruso, por lo menos, me 
podría decir algo interesante acerca del gran 
movimiento liberal de los zemstvos ó", en ríltimo 
extremo, algo no menos interesante acerca del 
libro que acaba de publicar Tolstoi. Pero, un 
japonés, ¡Dios mío! ¿qué puede decirme un 
japonés que sea leído con interés por los cu- 
banos? 

*** 
Cuando, todavía confuso y atolondrado, salí 

i33 



Rafael Conté 

del Saint Regís, una duda cruel me atormen- 
taba: 

¿Sería, después de todo, el genuino, el autén- 
tico príncipe Fushimi aquel caballero alto, fla- 
co y amarillo con quien acababa de hablar?. . . 



New York, Diciembre de 1904. 



134 



¡VIVA LA PAZ! 



¡M 



ISERABLE ! 



>XJJ3í 

j Canalla! 

¡Cobarde! 

¡Ruin! 



Después se produjo un espantoso ruido de 
cristales que se rompían ; algunas sillas descri- 
bieron en el aire caprichosas parábolas, yendo 
á estrellarse contra cabezas ensangrentadas. 
Se oyeron voces femeninas que pedían socorro 
y gritos de macho enfurecido que clamaban 
venganza. 

El escándalo llegó á su colmo cuando reso- 
naron dos ó tres detonaciones de revólver. 
Acudieron á toda prisa los empleados del esta- 
blecimiento. 

Se llamó á la policía; se hizo venir una am- 
bulancia. 

La escena que acabo de describir ocurrió ayer 
en un hotel de esta ciudad. 



i35 



Rafael Conté 

Cuando los agentes del orden trataron de 
averiguar lo ocurrido, no les fué posible hacerse 
entender de los beligerantes, ninguno de los 
cuales hablaba inglés. Los médicos estuvieron 
ocupadísimos durante una hora, vendando cabe- 
zas y remendando sangrientos agujeros. 

El propietario del hotel, entre tanto, exami- 
naba los desperfectos causados en su inmueble, 
y daba las órdenes oportunas para que se lla- 
mase al ebanista, al carpintero, al cerrajero, al 
vidriero, al albañil y al pintor. 

En poco más de diez minutos los señores del 
número j8, nombre bajo el cual eran conocidos 
en el establecimiento los héroes de la gran ba- 
talla, habían destruido cuatro ventanas, seis si- 
llas, una mesa, dos sillones, un escaparate, dos' 
puertas, un palanganero, dos lámparas, un ser- 
vicio de porcelana, dos botellas de cristal talla- 
do, un reloj de pared, una mampara de crista- 
les finos, algunos pies cuadrados de alfombra 
de Bruselas, dos cortinas de damasco y un gran 
lienzo de pared. . . sin contar, por supuesto, va- 
rios desperfectos menores, tales como el des- 
trozo de unos cuadros y la completa destrucción 
de un esquinero lleno de bric-a-brac. 

Como que los repórters americanos (dando 
prueba de muy buen sentido) no publican en 
los periódicos la descripción técnica (¿se dice 



136 



Impresiones Americanas 

así?) de las heridas, como por Cuba se acostum- 
bra, no puedo precisar cuántos de los combatien- 
tes «presentaban: heridas como de tres centí- 
metros, producidas por instrumento perforo 
cortante, que interesaban la piel, tejido celular 
y penetraban en la cavidad toráxica» y también 
ignoro cuántos de ellos «presentaban contusio- 
de segundo grado en la región malar». 

Pero sí puedo asegurar que todos los señores 
del número 38 estaban hechos una lástima, y 
que al que no le habían hinchado un ojo le ha- 
bían magullado la cabeza. 

Luego que los facultativos terminaron la pri- 
mera cura, los beligerantes fueron conducidos 
á la estación de policía, y allí, con ayuda de 
varios intérpretes, se les interrogó. 

— El capitán del Precinto: ¿Porqué riñeron 
ustedes? 

— Los señores del número 38: Por un alterca- 
do que sostuvimos con motivo de ciertas dife- 
rencias de opiniones. 

— El capitán: ¿Es que ignoran ustedes que 
en los Estados Unidos se castiga con mucha 
severidad á los que se pegan? 

— Los señores del $8: Nosotros somos extran- 
jeros. 

— El capitán (dirigiéndose á uno): ¿De 
dónde es usted? 



i37 



Rafael Conté 

— El interpelado: De Suiza. 

—¿Y usted? 

— De Alemania. 

—¿Y usted? 

— -Italiano. 

—¿Y usted? 

— Ruso. 

—¿Y usted? 

— De Francia. 

—¿Y usted? 

— Yo soy del Japón. 

— El capitán (dirigiéndose al más estropea- 
do de todos, cuyo rostro desaparece completa- 
mente bajo una enorme máscara de gasa) : ¿Y 
usted de dónde es? 

El interpelado, que no puede hablar, se vuel- 
ve de espaldas penosamente, y muestra al capi- 
tán los restos de una trenza. 

— Ah! ya caigo, dice sonriendo el policía: us- 
ted es chino. Y, vamos á ver, añade: ¿cuál es 
la ocupación de ustedes? ¿qué han venido á ha- 
cer á la exposición de St. Louis? 

— Los señores del número 38 (con gran so- 
lemnidad) : Nosotros somos delegados al Con- 
greso Internacional de la Paz. (!!!) 



St. Louis, Septiembre de 1904. 

138 



OROS SON TRIUNFOS 



N 



os encontramos ¡por fin! en plena Prima- 
vera ; y las hermosas avenidas del Central Park 
empiezan á cubrirse de una bóveda soberbia de 
verdor. 

En las esquinas de las calles, las vendedoras 
de flores han reemplazado á los vendedores de 
castañas. Los carros que se empleaban para 
trasportar carbón, se pintan y se arreglan para 
la conducción de hielo. En los sombreros fe- 
meninos, las rosas sustituyen á las plumas y la 
paja al castor. 

En el jardín zoológico, los leones, panteras, 
leopardos y jirafas se muestran satisfechos ; los 
osos, en cambio, empiezan á gruñir malhumo- 
rados. Las calles, cubiertas de hielo hasta hace 
tres semanas, están ahora cubiertas de fango. 
Al hockey, lacrosse y ajedrez ha seguido el base 
ball. 

El azul ha reemplazado al gris. 



i39 



Rafael Conté 

New York se cubre de flores y verdura. Pa- 
rece un sombrero de mujer. 






...Y, aprovechando la buena época, se ha ca- 
sado Reginaldo Vanderbilt. 

Vanderbilt es uno de nuestros más famosos 
archi-millonarios y de nuestros no menos famo- 
sos archi-cretinos. Ha nacido en New York, 
debiendo haber nacido en el valle de Aosta, en 
Coria, ó por lo menos en Batabanó*. 

Pertenece á esa pléyades de jóvenes potenta- 
dos que se pasan la vida rompiéndose la crisma 
en automóviles, montando á caballo y jugando 
al golf y al lawn-tennis. 

Y es más soberbio y orgulloso que un rey. 
Verdad que él también es rey . . de oros. 

Pues, como iba diciendo, se casó. Costó la 
ceremonia más de cien mil pesos. Solamente 
en flores se gastaron cuarenta y ocho mil. Para 
limosnas no se dedicó dinero alguno. ¿Qué 
pueden importarle los desgraciados á todo un 
Vanderbilt? 

Aquel mismo día fueron llevados á la Morgue 
tres cadáveres encontrados por la policía en la 
calle. Según los médicos forenses, aquellos in- 
felices habían muerto de hambre. 



140 



Impresiones Americanas 

Y, contraste singular: después del banquete 
con que obsequió Vanderbilt aquella noche á sus 
amigos, uno de los comensales murió de indi- 
gestión. 



La víspera de la boda, paseaba el joven mi- 
llonario con su futura, por una de las principa- 
les calles de Newport. 

Cuando digo que «paseaba», se entiende que 
iba en coche. Los millonarios jamás van á pie. 
Eso es demasiado vulgar: y demasiado saluda- 
ble también. Y un millonario no puede ser sa- 
ludable. Necesita gota y dispepsia para tener 
más impreso en el rostro, amarillento y ojeroso, 
el sello de la distinción. 

Al llegar frente al Casino de Newport, varios 
fotógrafos apuntaron sus cámaras á Vanderbilt 
y su compañera. 

Un retrato de millonario casadero se paga 
siempre bien. Aquellos fotógrafos pensaban 
tal vez ganarse honradamente unos cuantos pe- 
sos, vendiendo á los periódicos ilustrados «la úl- 
tima fotografía de Vanderbilt antes de casarse». 
Pero el joven millonario no estaba de humor; 
y apenas vio las cámaras dirigidas á él, detuvo 
el carruaje, saltó á tierra y la emprendió á lati- 
gazos con el retratista que más cerca se encon- 



141 



Rafael Conté 

traba, gritando furioso mientras le cruzaba el 
rostro con la fusta: 

— «¡ Perro ! ¡ perro ! Toma esto, para que ten- 
gas la osadía de retratarme !» 

El pobre fotógrafo, sobrecogido de terror ante 
los golpes del iracundo potentado, clamaba por 
ayuda. Un agente de policía que se encontra- 
ba cerca del lugar acudió presuroso, empuñan- 
do el club, dispuesto á castigar severamente al 
atrevido que así se tomaba la justicia en su 
mano. Pero al llegar junto al coche, cambió por 
completo de actitud. Su rostro rubicundo de 
policeman se transformó en rostro degenerado 
de lacayo : sintió que su uniforme se convertía 
en librea ; dejó caer el garrote que blandía, y se 
quitó el sombrero con humildad. 

Había reconocido al millonario. 

— ¡Señor! murmuró. 

Y le dio la razón. 

Y reprendió severamente al fotógrafo. 

Y acarició al caballo que tiraba del carruaje. 

Y ofreció mil excusas á la futura Mrs. Van- 
derbilt. 

Y enrojeció de orgullo cuando el potentado 
le dio dos golpecitos en el hombro. 

Y estamos en los Estados Unidos. 

Y ¡Viva la Libertad! 

New York, Abril de 1903. 

142 



SANIDAD Y CIUDADANÍA 



ñ 



las diez de la mañana de ayer cortaba la 
proa del Loiiisiana las aguas achocolatadas del 
Mississippi, y á la misma hora de la noche lle- 
gábamos á los muelles de New Orleans. 

— Los equipajes, me dijo un empleado de la 
Aduana, no serán examinados hasta el amanecer. 

Me dispuse á desembarcar para visitar las 
redacciones de los periódicos más importantes - 
y recorrer la ciudad. 

Pero no contaba con la huéspeda, que era en 
este caso, un inspector del Departamento de 
Inmigración, que provisto de papel y lápiz, se 
había situado junto á la escala, deteniendo á 
todos los que pretendían salir del buque. 

— ¿Cómo se llama usted? 

— Fulano de tal. 

— ¿Es usted ciudadano americano? 

— Sí, señor. 



*43 



Rafael Conté 

— ¿Lo jura? 

— ¡ Lo juro ! 
—Puede pasar. 
Me llegó mi vez. 

Las mismas preguntas. 
— ¿Es usted ciudadano americano? 
— No, señor. 

— Pues no puede saltar á tierra. 
— ¿Por qué motivo? 
— Orden de la Sanidad. 

— Temor á la fiebre amarilla, sin duda, me 
aventuré á decir. 

— Yes sir. 

— ¿Pero si yo soy cubano, vengo de un país 
donde no existen ni la viruela, ni el vómito. . . 
ni el estornudo . . . Mire usted que me perjudi- 
ca no dejándome desembarcar. 

— Lo siento mucho, pero no puedo reme- 
diarlo. 



*** 



-¿Cómo se llama usted? 
-José Fernández López. 
-¿De dónde viene? 
-De Cuba. 

-¿Dónde residía antes? 
-En Veracruz. 

144 



Impresiones Americanas 

— No puede usted desembarcar. En Veracruz 
hay una epidemia espantosa de fiebre amarilla. 
— Es que soy ciudadano americano. 
— Entonces usted perdone. ¡Puede pasar I 



Coro general de mosquitos: \ La sanidad bien 
entendida debe aplicarse á los foreigners! 



New Orleans, Mayo de 1904. 



145 



5MITH Y BRANSFIELD 



I l tiempo estaba hermoso, la temperatura de- 
liciosa; y Bransfield se dijo: 

— Vamos á hacer una visita á mi amigo 
Smith. 

Salid á la calle y apenas hubo llegado á la 
esquina sintió un mareo. 

Y se metió en un barroom. 

Continuó su camino y á los pocos momentos, 
¡zas! otro mareo (como el personaje delicioso 
de La Cara de Dios). Y entró en otro barroom. 

A las dos ó tres cuadras, un nuevo mareo y 
un nuevo barroom. 

Y así, de barroom en mareo y de mareo en 
barroom, llegó Bransfield á casa de su amigo 
Smith, dando unos pasos tan extraños que pare- 
cían los movimientos de un caballo de ajedrez. 

Smith, que había cometido la tontería de ca- 
sarse la semana anterior, estaba en la sala en 
compañía de su esposa. 



i47 



Rafael Conté 

Al ver á Bransfield en aquel estado, sintió 
nacer en su corazón la envidia y ¡ catapún ! él 
también se mareó. 

Media hora después, la luna de miel de Mis- 
tress Smith, habíase trocado en desenfrenada 
bacanal. 

A tu salud, amigo Bransfield! 
A la tuya, amigo Smith! 
Una copa más! ¡A la salud de mi esposa! 
Otra copita! ¡A la salud de tu primer 
hijo! 

Y del segundo! 

Y del tercero ! 

Venga más whiskey! ¡A la salud del Al- 
mirante Dewey! 

—¡Y de Roosevelt! 

— -¡Y de Parker! 

— ¡Por el Partido Republicano! 

— ¡ Por los demócratas! 

— ¡Viva Bryan! 

— ¡Viva Me Kinley! 

— !Y Lincoln! 

— ¡Y Napoleón! 

Pocos minutos después, Smith, tendido en la 
alfombra, roncaba como un órgano, con la ca- 
beza sobre los restos de un pastel y un pie 
deitro de la escupidera. 

Aunque borracho perdido, Bransfield com- 



148 



Impresiones < americanas 

prendió que podía procurarse lecho más como- 
do que su amigo, y se acostó en una cama, 
teniendo por almohada á la mujer de Smith. 

«Y allí durmió las horas sin medida 
del ocio y el placer...» 

como dice Núfíez de Arce en su inmortal París. 
y de allí lo hizo levantar tres horas después el 
dueño de la casa, y de la cama, y de la almohada, 
que armado nada menos que con ¡una puerta! 
la emprendió á golpes con el intruso. 

El desventurado Bransfield se echó á la calle 
perseguido por el ultrajado esposo, que se en- 
tretenía en estropearle la anatomía á portazos. 

La situación del pobre diablo era tan agrada- 
ble como la de cualquier Yamagata que se viera 
perseguido en un desierto de la Manchuria por 
una sotriia de cosacos de Mistchensko. 

Se presentó por fin un policía que puso paz 
entre los beligerantes, y esta mañana los dos 
comparecieron en una corte de esta ciudad ante 
el juez correccional. Después de oído el caso 
con toda la atención que merecía, el magistra- 
do (aquí le llaman «magistrado» á cualquier 
Pitchér de barrio), pronunció la siguiente sen- 
tencia: 

— Condeno á Bransfield. á cinco pesos de mul- 
ta, por emborracharse ; á cinco pesos más por ir á 



149 



Rafael Conté 

tentar á Smith á que se emborrachara ; á cinco 
pesos más por desnudarse en casa de Smith; 
á cinco pesos más por salir á la calle en panos 
menores. Y á Smith lo condeno: 

A cinco pesos, por emborracharse ; á cinco pe- 
sos por facilitarle whiskey á Bransfield ; á cinco 
pesos por pegarle á éste ; á cinco pesos por pro- 
mover escándalo en la vía pública, y á que in- 
demnice, además, al propietario de la casa, por 
haberle roto una puerta. 

Bransfield pudo pagar sus multas y quedó en 
libertad. 

En cuanto á Smith, no pudiendo hacerlo, tu- 
vo que ingresar en la cárcel. 

Y para que su pobre mujercita no sufra du- 
rante su ausencia y se tranquilice, le escribió la 
siguiente carta : 

«Querida mía: Como carezco de dinero para 
pagar las multas que me han sido impuestas 
por el juez, me llevan á la cárcel. No quiero 
que estés sola en la casa, y por eso he suplicado 
al portador que permanezca en ella durante mi 
ausencia. Ya conoces al portador. Es mi que- 
rido y buen amigo ¡ ¡ ¡ Bransfield ! ! !» 

Es casi seguro (digo yo) que Smith romperá 
otra puerta tan pronto quede en libertad. 

St. Louis, Julio de 1904. 

I50 



BUENOS OFÍCIOS 



Ln el famoso restaurant Sherry se celebró el 
sábado un banquete político de la más alta 
significación. 

La fiesta fué dada en honor de Monsieur Jules 
Cambón, embajador de Francia en los Estados 
Unidos, que acaba de ser trasladado, con idén- 
tico cargo, á España. 

Todo cnanto vale y brilla en esta inmensa re- 
pública de Yankilandia se hallaba presente. 
Mr. Roosevelt no pudo asistir; pero envió un 
mensaje de simpatía al ilustre huésped, expre- 
sándole la profunda pena que le causaba el ver- 
se privado del placer de sentarse con él á la 
mesa. 

La nota más saliente del banquete fué el 
brindis del Secretario de la Guerra, Mr. Elihu 
Root, quien no tuvo empacho en declarar que 
levantaba su copa y bebía «d la salud del distin- 



Rafael Conté 

guido embajador á cuyo tacto, discreción, buena 
fe y sabiduría, debieron los Estados Unidos el 
haber logrado evitar gravísimas complicaciones 
cuando esta repiíblica, impulsada por la fuerza 
de las circunstancias, tuvo que hacer la guerra 
d España». 

Y anadió Mr. Root: 

((Y cuando lleguéis d la Península Ibérica, se- 
ñor embajador, vos que sois nuestro amigo y el 
amigo de los españoles, haréis llegar sin duda 
hasta nuestros dignos, valerosos é hidalgos ad- 
versarios de ayer, la expresión más sincera de la 
profunda simpatía que por ellos y por su heroica 
patria sentimos los americanos. » 

Puede asegurarse que fué Monsieur Cambdn 
el hombre que tuvo en sus manos la suerte de 
España. Una sola palabra suya basto para deci- 
dir al gobierno de Francia á permanecer neu- 
tral. Y España, falta de la ayuda de su pode- 
rosa hermana de allende el Pirineo, vio sus 
escuadras destruidas, sus ejércitos vencidos y 
su imperio colonial arrebatado. 

Resultado de todo esto : una comilona en ca- 
sa de Sherry, grandes demostraciones de sim- 
patía, vigorosos apretones de mano, las mayo- 



152 



Impresiones Americanas 

res muestras de carino que jamás han dado los 
americanos á un diplomático extranjero. Todo 
lo cual me parece lógico. 

Ahora bien: cualquiera se figura que los es- 
panoles quieren mal á Monsieur Cambón. Pues 
no hay tal: el afortunado embajador ha sido ya 
condecorado por el Gobierno de Madrid con 
varias cruces y cintas, y ahora se le traslada á 
España, á petición de los mismos españoles, 
que quieren tener bien cerca, según declara un 
periódico de la Villa y Corte, «al hombre inedi- 
tísimo que sirvió de intermediario en las nego- 
ciaciones de paz». 



Moraleja: Cuando encontréis en la calle d. un 
hombre fuerte pegándole d uno débil y raquítico, 
poneos de parte del primero, que de ese modo ob- 
tendréis la amistad del poderoso y os granjearéis 
la gratitud eterna del abofeteado. 



New York, Noviembre de 1903. 



153 



¡HAIL COLUflBIAl 



Lsta mañana, mientras tomaba el desayuno, 
Jack, mi criado, se permitió silbar el Yankee 
Doodle, al colocar sobre la mesa el servicio de 
café. No habían transcurrido cinco minutos, 
cuando un italiano, de esos que recorren la 
ciudad tocando el organillo, se detuvo debajo 
de mi ventana, y después de dispararme á que- 
marropa el intermezzo de Cavalleria Rusticana 
y el miserere de El Trovador, acabó de desper- 
tar al vecindario con los marciales acordes del 
himno nacional. 

Salí á la calle y encontré un grupo numeroso 
de chiquillos que se dirigían á la escuela, mar- 
chando como soldados y cantando á gritos el 
Hail Columbia, Happy Latid! Los caballos 
de un carro que pasaba, ostentaban en las co- 
lleras dos pequeñas banderas americanas. En 



i55 



Rafael Conté 

la esquina del Boulevarcl varios pilluelos ju- 
gaban á la guerra y se arrojaban bolas de 
nieve. 

Al pasar junto á ellos, oí á uno exclamar: 
Ustedes son Inglaterra y Alemania; nosotros so- 
mos Únele Sanif 

Y lo decía lleno de patriótico orgullo. 
. Proseguí mi camino, y la batalla continuó. 

Cuando llegué á la Estación del ferrocarril 
elevado situada en la esquina de la Avenida 
Columbus y la calle 66, la muchacha que allí 
vende periódicos me entregó el número del 
Herald, que acostumbro tomar, diciéndome : 
((¡Noticias importantes/ Parece que vamos d tener 
otra, guerra. Yo tengo un hermano en la milicia: 
mi novio es marinero: ahora está en las Antillas 
con el Almirante Dewey: él peleó en Santiago d 
bordo del Indiana.» 

Tomé el periódico y hé aquí lo que leí: «La 
situación en Venezuela es sumamente peligrosa: 
Washington teme que surjan graves complicacio- 
nes: Puede sobrevenir la guerra: Los Estados 
Unidos decididos d hacer respetar la doctrina de 
Monroe. » 

No tuve necesidad de leer más para explicar- 
me el lenguaje belicoso de la vendedora de 
periódicos, el entusiasmo marcial de los mu- 
chachos, el adorno de las colleras de los caba- 



156 



Impresiones Americanas 

líos, el himno nacional del organillo y el Yankee 
Doodle de mi criado Jack. 



Tal es este país. ¡ Hasta los niños son patrio- 
tas y se enteran en seguida de los sucesos que 
ocurren! ¡hasta las vendedoras de periódicos 
están familiarizadas con la política! ¡hasta los 
carretoneros y los criados saben lo que pasa y 
tienen su opinión! Tal es este país, tan mal 
estudiado, tan poco conocido. Tal es este país, 
lleno de defectos, que soy uno de los pocos en 
señalar; pero lleno también de grandezas y 
virtudes que soy el primero en admirar y reco- 
nocer. 

Con cuanta razón exclamó Laboulaye, sor- 
prendido y admirado: ¡Adelante, hijos délos 
puritanos, que el porvenir es vuestro! ; porque vo- 
sotros constituís el pueblo más grande y más cris- 
tiano de la tierra! .... 



New York, Diciembre de 1903. 



157 



LA DOCTRINA DE MONROE 



Acaba de recibirse un cablegrama anuncian- 
do la captura de toda la flota venezolana pol- 
las escuadras combinadas de Inglaterra y Ale- 
mania. 

Otro despacho nos informa de que los acora- 
zados y cruceros del Tío Samuel continúan efec- 
tuando maniobras en el Golfo y haciendo obser- 
var la doctrina de Monroe. 

Y un tercer mensaje nos hace saber que en 
La Haya sigue funcionando el famoso tribunal 
de arbitraje... ! 

No cabe duda de que la pobre Venezuela ten- 
drá que pagar. Pero como no tiene dinero con 
que hacerlo, Albión y Germania se apoderarán 
de sus aduanas. 

Lo cual, si no se hace con la debida correc- 
ción, constituiría una infracción de la doctrina 
del Sr. Monroe (Q. E. P. D.)- 

159 



Rafael Conté 

Y entonces el Tío Samuel entrará en escena 
y dirá ¡Alto allá! 

Y después de varias conferencias internacio- 
nales, con gastos á cargo de Venezuela, el ge- 
neroso Únele Sdm, compadecido de su pobre 
sobrinita, pagará á Inglaterra y Alemania el 
importe de sus reclamaciones. Y tutti contenti. 

Eso sí, ¡ya se encargará el Tío de cobrarle á 
la sobrina! 

Y en caso de nueva resistencia por parte de 
Venezuela, pues otra demostración naval y po- 
sible ocupación de aduanas por parte de Únele 
Sam. 

Pero á esto no se opone la doctrina de Monroe. 

America for the Americans, reza. Y ¿quienes 
son los A mericans? Pues los que aprendieron la 
doctrina en inglés. 

¿Los demás...? Los demás son simplemente 
americanos, . . en español. . . ¡ y gracias ! 



New York, Diciembre de 1903. 



TOO 



MERCADO DE POPULARIDAD 



I a princesa Luisa de Sajonia, hacienda giro- 
nes su honor, se ha fugado con Monsieur Girón. 

Y hoy se hallan en Suiza, hermoso país que 
se ha convertido en asilo de todas las enamora- 
das parejas que, encontrando obstáculos á su 
amor, se ven obligadas á emprender la fuga. 

Por seguir á su enamorado galán, ha sacrifi- 
cado la princesa su trono. Por seguir á su 
hermosa dulcinea, ha sacrificado Girón su li- 
bertad, j El pobre Girón ! 

Los americanos han comentado mucho el 
suceso. Y no han dejado de tratar de sacarle 
punta. Todos los días, desde que publicaron 
los diarios la noticia, Girón y Luisa reciben 
cartas y telegramas, en los que se les hacen 
ventajosas proposiciones para venir contratados 
á los Estados Unidos. 

Algunos empresarios han ofrecido á los dis- 



161 



Rafael Conté 

tinguidos amantes hasta cinco mil pesos por 
noche para que vengan á celebrar una serie de 
conferencias, ó lectnres, como dicen aquí. 

Tal vez al pobre Girón no le falten ganas de 
contratarse ; pero hasta el presente no ha acep- 
tado ninguna oferta, respondiendo siempre con 
dignidad: «Ni yo soy Rigo, ni mi real amante 
es la princesa Chimay. » 

Estoy seguro de que muchas almas candidas, 
al leer esta noticia, se habrán sentido indig- 
nadas. 

— i Cómo! exclamarán. ¡ Proponer contratas 
teatrales á una princesa de la sangre ! 

Pero los yankees no se asustan por tan poca 
cosa. Existe en esta República un plausible 
deseo de ilustrarse, de aprender. Y al mismo 
tiempo se supone que nadie es más á propósito 
para narrar un suceso que el protagonista del 
mismo. 

De ahí que las conferencias (lectures) estén 
tan en boga en los Estados Unidos. 

Que Jim Jeffries ha molido á golpes á su ad- 
versario ; que Johnny Reiíf venció en el Derby; 
que Fournier llegó primero en las carreras 
de automóviles entre París y Berlín ; pues no 
transcurren dos meses sin que el pugilista, el 
jockey y el chauffeur se presenten en Chicago, 
Boston ó New York, para explicar en larguísi- 



IÓ2 



Impresiones Americanas 

mos monólogos, mejor ó peor hilvanados, el 
arte de dar puñetazos, la ciencia de manejar 
solípedos ó las delicias que se experimentan 
rompiéndose el bautismo en un automóvil. 

Ahora bien: para un empresario, la natura- 
leza de una popularidad es cuestión de poca 
monta. Marconi explicando su portentoso des- 
cubrimiento desde el escenario de un teatro, 
puede producirle tres llenos,. 

Frank Erne, refiriendo sus grandes triunfos 
en el Park-au-Princes, de París, le produce tres 
llenos también. Luego, para el empresario, 
Marconi es igual á Erne, puesto que, á pesar 
de ser sabio, no produce más que el ciclista. 

El viejo Kruger, vencido por los ingleses, 
representa en la escala de las notabilidades una 
cantidad igual de popularidad que Fittzsim- 
mons, vencido por Jeffries. Lord Kitchener, 
vencedor de los boers, produce tanto como 
Erne, el ciclista que venció en París. 

Y si Fittzsimmons, Erne, Jeffries y Fournier 
han aceptado proposiciones ventajosas para 
aparecer en público á recitar monólogos acerca 
de sus especialidades respectivas, no vé razón 
el empresario yankee para que no las acepten 
Marconi, Lord Kitchener, Gabriel D'Anunzio.. 
ó el Czar. 

A Cervera después de su derrota, al Almi- 



Rafael Conté 

rante Dewey después de su triunfo, se les ofre- 
cieron contratas tentadoras, que con gran des- 
contento de muchos se negaron á aceptar. 

Y aun al mismo Napoleón el Grande, si hu- 
biese venido á América después de Waterloo, 
no habrían vacilado los yankees en ofrecerle un 
puesto distinguido en las filas de jinetes de 
algún antepasado de Buffalo Bill. 



Baltimore, Enero de 1903. 



164 



DONDE MENOS SE 
PI ENSA SALTA MA HOA1A 

11 

VJna vez más ha quedado demostrado que las 

pequeñas causas suelen producir los grandes 
efectos. 

En Marruecos, esa faja de tierra africana don- 
de obtuvo España su última victoria, ha estalla- 
do un formidable movimiento revolucionario 

fratase nada menos que de derribar del tro 
no de sus mayores al Sultán, hombre que se- 
gún dicen los que han tenido el gusto de cono- 
cerle es el creyente menos creyente de cuantos 
pierden su tiempo leyendo el Corán, y prestan- 
do atención á los desatinos que grita el muezin 
desde los empinados minaretes de la mezquita. 

* * 

La hermosa Zoraida, muellemente reclinada 
sobre los blandos almohadones de un diván. 

165 



Rafael Conté 

aguarda impaciente la llegada de su muy ama- 
do señor. 

El perfume que exhalan las flores del jardín 
y el humo aromático que despiden los sober- 
bios pebeteros, embalsaman la tibia atmósfera 
de aquella estancia-lecho donde reposa la favo- 
rita del Sultán. 

El melancólico tañido de las guzlas, el mur- 
mullo de las cristalinas aguas que se deslizan 
bajo el ajimez, el trino melodioso de los pinta- 
dos pajarillos, el arrullo tierno y melancólico 
de dos palomas que, uniendo sus picos sonro- 
sados en un beso supremo, murmuran dulce- 
mente la palabra inmortal . . . Todo esto, mez- 
clado y confundido, lo percibe vagamente la 
enamorada Zoraida, cuyos ojos de negras y lar- 
guísimas pestañas se cierran bajo la enervante 
caricia del amor. 

Giazul, la esclava predilecta de la favorita, 
recita en alta voz la historia romántica de los 
amores de la princesa Zaira con el apuesto Jus- 
suff-Alí, el último benimerín: 

.«Y saltando ligero del brioso palafrén, pene- 
tró Jussuff en el jardín del regio alcázar, donde 
ya le aguardaba la bella Zaira, temblando de 
amor y de felicidad. . . » 

No pudo Guiazul terminar el párrafo. 

De repente un ruido espantoso, inusitado, 

166 



Impresiones Americanas 

imposible de explicar, resonó en el patio; y 
casi al mismo tiempo un enorme carruaje de 
extraña forma, que arrojaba espesas columnas 
de humo apestoso, penetró hasta el pie de la 
escalinata que conduce al harem. Del fondo 
del carruaje saltó al suelo una especie de demo- 
nio en traje de buzo, la cabeza cubierta con 
una gorra de hule y el rostro (si lo tenía) tapa- 
do con unos inmensos anteojos. 

La guardia de palacio se precipitó sobre lo 
que tomaba por una aparición fantástica. Pero 
no tardó en restablecerse la calma. 

Quien había llegado era, simplemente, el sul- 
tán Muley-Abdel-Asís, que había tenido la pe- 
regrina ocurrencia de ir á visitar á la hermosa 
Zoraida en un automóvil, con indumentaria 
de chauffeur (!). 

El pueblo aceptó esta innovación, aunque de 
mala gana. 

El emperador, menos creyente y más europeo 
cada día, se hizo llevar de París un traje de eti- 
queta, y se presentó una noche ante sus aturdi- 
dos cortesanos vestido de frac y corbata blanca. 

Continuáronlas reformas: la escolta impe- 
rial fué armada con rifles de repetición : las fa- 
voritas empezaron á consumir perfumería de 
Atkinson y Piver, y se oprimieron el flexible 
talle con corsets droit-devant. 



167 



Rafael Conté 

El pueblo, resignado, aceptó estas innova- 
ciones. Todo marchaba bien. 

Pero llegó un momento en que el Sultán, en- 
tusiasmado con su obra civilizadora, llegó á 
olvidarse de Mahoma, del Corán y hasta de su 
dignidad imperial. Y una tarde presentóse en 
público montado en una bicicleta de carrera, 
fabricada en Ohio. 

Y allí fué Troya! 

Todos los que rodeaban al soberano, desde 
el Gran Visir hasta el último fakir, lanzaron 
una exclamación de ira. 



Dijo Mahoma: 

((Una mesa se sostiene sobre cuatro patas; qui- 
tadle una, y aún se podrá sostener ; pero si sólo le 
dejáis dos patas, se volcará. » 

Mahoma, aunque bastante aprovechadito pa- 
ra su siglo, no estaba igualmente fuerte en to- 
das las asignaturas. 

Y en Física, sobre todo, era tal su incompe- 
tencia, que no habría podido examinarse, ni aun 
con el célebre programa con preguntas y res- 
puestas del Dr. Caro. 

No sabía lo que era la inercia, ni la fuerza 
centrífuga, ni la centrípeta ; no entendía de otra 
fuerza que la de los puños. 



1 68 



Impresiones Americana, s 

O tal vez sí entendía ; pero no le convenía 
que se corriera la voz, y prefería pasar por igno- 
rante; porque según es notorio, Mahoma era 
un árabe que sabía hacer el sueco de manera 
admirable. 

El caso es que el profeta dijo que ningún ob- 
jeto inanimado puede sostenerse sobre dos rue- 
das 6 dos pies ; y los musulmanes lo creen así. 

Por eso se indignaron al ver al Sultán des- 
mentir de ese modo á Mahoma. 

Y dio comienzo la revolución. 

Muley-Abdel-Asís se defiende como bueno, y 
afirma que vencerá. Pero á fuer de hombre pre- 
cavido, lleva siempre consigo la bicicleta cau- 
sante de la revuelta, la que puede serle muy 
útil, en caso de derrota, para huir de la quema, 



¿Queréis saber ahora la impresión americana 
del suceso? 

Pues que los empresarios yankees están ya á 
la espectativa, para ofrecer al Sultán, encaso de 
que le destronen, una ventajosa contrata para 
que se presente, con su famosa bicicleta, en un 
importante circo de Filadelfia. 

Filadelfia. Enero de 1903. 

169 



EL PLACENTERO MR. TAFT 



c 



,ome in, sir, come inf^how do you dof 

— Señor Secretario... 

— Déjese de títulos ^altisonantes, my friend: 
llámeme « Mr. Taft » á secas. 

— Oh, ver y ivell! how do yon do, Mr. Taft? 

— Very well, tliank you: delighted!, como 
dice mi buen amigo Teddy. 

—¿Quién? 

— Hombre!, Teodoro, e] Presidente, Roose- 
velt, en una palabra. Ya sabe usted que ha 
puesto de moda entre losjpolíticos y diplomá- 
ticos de mi país esta expresión: delighted. j;Yo 
sólo la empleo en ciertos^y ^determinados casos: 
cuando tengo verdadero gusto de ver á una 
persona : á usted, por ejemplo : ¡Delighted to see 
you, my friend! Y, á propósito, ¿cómo se llama 
usted? 

—Fulano de Tal. 



171 



Rafael Conté 

— Ah, sí; ¡qué memoria la mía!... de Tal, el 
dear señor de Tal ; how do you do, mister de 
Tal? I am delighted to see you! . . . 

— Desearía saber... 

—Sí, ya comprendo: cómo está mi esposa, 
¿no es eso? 

— Eh? 

— Vaya, hombre, vaya!, ustedes los chicos 
de la prensa habanera son siempre tan amables, 
tan corteses, tan galantes con las damas. Pues 
bien, Mrs. Taft y yo nos reuniremos en Puerto 
Rico. Usted no puede tener una idea de lo 
mucho que ha sentido ella el verse privada del 
placer de venir á la Habana, para dar personal- 
mente las gracias á los repórters, por las muchas 
finezas y atenciones que le dispensaron; pero 
no importa! aquí estoy yo para eso. Thank you, 
my friend, thank you, ver y inucli! Y ¿qué tal 
marcha su periódico? Supongo que muy bien: 
oh! su periódico es uno de los que leo con más 
gusto desde que llegué á la Habana. ¿Cómo 
se titula su periódico, my friend? 

— ¿Y qué me dice de los gallos? 

— Ah!, sí, los gallos, jé, jé, jé! los gallos... los 
roosters, que decimos en inglés: es un animal 
muy simpático el gallo: ¿no opina usted lo mis- 
mo my friend? A mí no deja de gustarme ; 
pero prefiero los pollos tiernos, spring chickcns, 



172 



Impresiones Americanas 

que decimos por allá. Y ¡qué ricamente los 
prepara Sherry! ¿Se acuerda usted de Sherry, 
my friend? 

— Sí; pero yo no me refiero á eso, Mr. Taft: 
lo que deseo que me diga es algo sobre las pe- 
leas de gallos. 

— Oh!, las peleas de gallos, en!, jé, jé, jé!, las 
peleas de gallos. . . cock ftghts. Me han dicho que 
una parte del pueblo cubano es algo aficionada 
á ese sport. Yo, por mi parte, prefiero el base- 
ball. Y, á propósito de base-ball, ¿qué tal anda 
el Jai- Alai? 

— Quisiera conocer su opinión sobre el pro- 
blema cubano. 

— EJi! who knows! : recuerde usted que yo 
acabo de llegar y que apenas si he tenido tiem- 
po para cambiar impresiones con Mr. Magoon. 

— Me parece, sin embargo, que... 

— Venga á verme cada vez que lo desee. Yo 
siempre tengo mucho gusto en verlo á usted, 
mister de Tal. 

— Y de las elecciones, qué? 

— Bien, qué? 

— Eso pregunto yo. 

—Y yo. 

— ¿Se celebrarán en breve? 

— Es probable. 

— ¿En Octubre? 



173 



Rafael Conté 

— No es difícil. 

— ¿Se demorarán, acaso, hasta Diciembre? 

—Tal vez. 

— ¿Y entre tanto? 

— ¡Oh!, entre tanto! qué simpático es usted! 
Ahora tengo que salir en automóvil con Ma- 
goon. ¿Quiere usted acompañarnos, mister de 
Tal? No deje de volver á verme. Good day, 
my friend, good day. I ain delighted to see youf 

Y Mr. Taft sube al automóvil, donde ya le 
aguarda Magoon, y en el que, por consiguiente, 
apenas queda sitio para el chauffeur. 



Todo el que diga que ha logrado sacarle más 
al sonriente secretario de Roosevelt, falta abier- 
tamente á la verdad. 



Habana, Noviembre de 1907. 



174 



EL JURADO 



« Alguien va á pedir que se es- 
tablezca en Cuba el juicio por ju- 
rados. La cosa parece absurda 
cuando se recuerda que la com- 
plexión psicológica y el estado 
social de este país y el jurado son 
absolutamente incompatibles.» 

CUBA. 

{Editorial de ayer. ) 
Pues... estaríamos frescos! 

YO. 



M 



i ilustre amigo Mr. Ira W. O'Reilly, fa- 
moso jurisconsulto americano, me refirió hace 
cosa de dos años, en una de esas deliciosas so- 
bremesas del café Savarin, la siguiente curio- 
sísima anécdota, de cuya histórica autenticidad 
respondo: 

«Acababa de obtener mi título de abogado, 
cuando cierto día recibí un oficio de la Corte 
Criminal, en el que se me comunicaba haber si- 
do nombrado, de oficio, para encargarme de la 



i75 



Rafael Conté 

defensa de un irlandés llamado Patrick Me. 
Govern, acusado de asesinato. 

(f No podía negarme ; y como sólo disponía de 
veinticuatro horas para imponerme del suma- 
rio, me apresuré á examinar el legajo de pape- 
lotes que había dejado sobre mi mesa el alguacil 
que me trajo la notificación. 

« Una rápida ojeada me bastó para compren- 
der que mi cliente estaba perdido. 

« En su crimen — que ni siquiera podía negar, 
por haber sido cometido en presencia de varios 
testigos — concurrían todas las circunstancias 
cualificativas del asesinato en primer grado — 
como decimos aquí —y que, como usted sabe, se 
castiga invariablemente con la silla eléctrica. 

« Premeditación, alevosía, ensañamiento . . de 
todo esto había en el crimen de Patrick ; y á 
mayor abundamiento, y como para que el caso 
resultara completo, el imbécil de Me Govern 
había cometido el asesinato á las doce de la 
noche, lo que complicaba el asunto, pues con- 
curría la circunstancia agravante de noctur- 
nidad. 

«Sin perder un minuto me dirigí á la cárcel 
de Las Tumbas, y solicité ver á mi defendido. 

« — Pat, le dije, eres un bestia, como tal has 
procedido, y nada tienes que esperar. Haré en 
obsequio tuyo cuanto pueda; pero desde ahora 

176 



Impresiones Americanas 

te prevengo de que todo será inútil, y que ni yo 
ni nadie puede salvarte de la silla ele'ctrica. 

« — Bien está, suspiró el pobre diablo; ¿qué le 
vamos á hacer ? 

«Aquella estoica resignación me conmovió; y 
resolví hacer todo género de esfuerzos para im- 
pedir que cayera sobre su cabeza todo el peso 
de la Ley. 

« Llegó el día señalado para el juicio ; y sin 
mutiles discusiones procedimos, el fiscal y yo, 
a la elección del jurado, que en menos de un 
cuarto de hora estuvo completo. 

« Uno de sus miembros llamó desde luego mi 
atención: era un irlandés cerrado, una especie 
de Pat y á quien se parecía en todo, tanto en lo 
físico como en lo moral. 

« — Este, me dije, es el hombre que necesito. 
Y cuando á medio día se suspendió la vista pa- 
ra ser continuada á las dos de la tarde, me valí 
de ciertos ardides, muy conocidos de todos los 
abogados neoyorkinos, y conseguí hablar á solas 
durante cinco minutos con aquel individuo. 

« — Amigo mío, le dije: al pobre Patrick Me 
Govern lo van á matar en la silla eléctrica, y 
usted será responsable ante Dios de su muerte. 

« El hombre me miró, abriendo desmesurada- 
mente los ojos. 

« — L T sted es católico, proseguí diciendo, lo 



177 



Rafael Conté 

mismo que él, y como él irlandés. Pues bien: 
usted no debe nunca consentir que ese hombre, 
que es su compatriota y su hermano en Dios, 
perezca en el cadalso. Patrick ha cometido un 
crimen horrendo, es cierto; pero no porque él 
haya matado tiene usted el derecho de hacerle 
morir, Si usted no quiere que muera, no mo- 
rirá, pues para condenarle es preciso que los 
doce individuos que componen el jurado estén 
de acuerdo. Soy el primero en comprender 
que Me Go vern debe ser castigado; pero me 
parece que con que le condenen á reclusión 
perpetua la justicia de los hombres no quedará 
burlada, y Dios, en su infinita bondad, se ale- 
grará de que no muera ese desgraciado. ^ Para 
lograr esto, no tiene usted que hacer más que 
mantenerse firme cuando llegue el momento de 
la votación, y sostener que se trata de un homi- 
cidio y no de un asesinato. 

a El hombre vaciló, tartamudeó algunas va- 
ciedades; pero acabó por dejarse convencer; y 
cuando me separé de él me había jurado, por 
Dios y San Patricio, que no cedería un ápice, y 
que por mucho que le instaran sus compañeros 
de jurado, no votaría sino por homicidio. 

«Se reanudó la sesión: hablé durante media 
hora ; ¡ qué informe tan disparatado ! ; pero resul- 
tó bonito, como resultan siempre los discursos 

178 



Impresión es A me rica n a s 

que carecen de lógica, y no dejó de causar cier- 
ta impresión en el auditorio. 

« Después habló el fiscal, y en seguida se re- 
tiró á deliberar el jurado. 

« Una hora más tarde regresó. 

« — ¿Cuál es vuestro veredicto?, preguntó el 
juez. 

« — Estimamos, respondió el presidente, que 
el acusado es culpable de . . homicidio. 

« ¡Creí volverme loco de alegría! El irlandés, 
evidentemente, había cumplido su juramento. 

« Patrick fué sentenciado á cadena perpetua ; 
y todos abandonamos la Corte Criminal. 

« Ya en la calle, me detuve para aguardar á 
mi ¡iombre, que no tardó en salir. 

« — Gracias, amigo mío, le dije; se ha condu- 
cido usted como un caballero . . . pero vamos á 
ver: refiérame usted los incidentes de la vota- 
ción ; porque estoy seguro de que habrá tenido 
usted que luchar . . 

« — ¡Qué si he tenido que luchar! . . respondió 
aquel imbécil, limpiándose el sudor que corría 
por su frente: no lo sabe usted bien. Figúrese 
que todos estaban empeñados en que Pal era 
inocente; pero como yo había jurado mantener- 
me firme en lo del homicidio! . . » 






i79 



Rafael Conté 

Esto ocurrió nada menos que en los Estados 
Unidos. 

Ahora « alguien va á pedir que se establezca 
en Cuba el juicio por jurados ». 

¡ Por vida de Pat! 



Habana, Enero de 



1 80 



DECADENTlSflO 



J ( onocen ustedes al poeta Isaías Gamboa M? 
Vj Allá, en un rincón selvático y obscuro de los An- 

des, en medio de las medrosidades y lobregueces espec- 
trales de los bosques vírgenes de la virgen América, sin 
más compañía que el dulce trinar de las canoras aves y 
el recuerdo ¡ay! melancólico, de la ella amable y pálida", 
de transparentinas manos luíales, el bardo gris, el dulce 
y soñador Apolo andino, templa su laúd. . . 






Esto, traducido al castellano, significa que 
un sujeto llamado Isaías Gamboa M. (Martínez 
6 Menéndez) que tiene el mal gusto de vivir 
cerca de la Cordillera de los Andes, y que mata 
sus ocios escribiendo versos (muy ripiosos pro- 
bablemente) se prepara á perpetrar un libro de 
poesías, mejor ó peor hilvanadas. 

El primer párrafo, el que me he visto preci- 
sado á verter al lenguaje que mejor conocemos 



Rafael Conté 

los cubanos, aparece todos los días en uno 6 
más periódicos habaneros. 

Tú debes haberlo visto muchas veces, amigo 
lector. 

Forma parte de esa prosa enfermiza que cul- 
tiva con deleite una porción no pequeña de la 
falange de literatos en agraz que padecemos, 
para quienes no existe otro dios que el dispara- 
te, ni más culto que el auto-bombo. 

Engañados por elogios prematuros (y las más 
de las veces inmerecidos) ; cegados más tarde 
por un concepto exagerado de su propio valer, 
esos jóvenes, á muchos de los cuales no les fal- 
tan aptitudes ni talento, consumen los años 
mejores de su vida en una lucha estéril, que 
acaba por rendirlos, por aniquilarlos, por ha- 
cerles insoportable la existencia, que sin em- 
bargo, tan plácida y risueña se les ofrecía. 

Y es que se obstinan en vivir en un mundo 
imaginario que sus cerebros calenturientos han 
forjado ; que no quieren amoldarse á la vida, 
sino que, por el contrario, pretenden que la 
humanidad entera se amolde á sus necios ca- 
prichos. 

¡Átomos impalpables que en su ridicula so- 
berbia se juzgan capaces de hacer volcar el ca- 
rro inmenso de Juguernault ! 

Son misántropos: odian á sus semejantes, 



182 



Impresiones Americanas 

porque se niegan á aplaudirlos ; y no compren- 
den, ¡no acaban de comprender!, que lo que el 
mundo siente por ellos no es mala voluntad, 
sino indiferencia. 

¡ Ah ! yo quisiera tener alguna influencia sobre 
ellos, para decirles: 

¡ Deponed vuestra actitud airada : venid al 
seno de la vida, que aquí os aguardamos con los 
brazos abiertos! Compartiréis con nosotros 
ciertos deleites cuya existencia ni siquiera sos- 
pecháis. Amaréis realmente y seréis amados. 
Estrecharéis en vuestros brazos mujeres de 
carne y hueso (no fantásticas princesas azules 
de ojos glaucos ?í opalinos, únicas hembras que 
hasta el presente habéis logrado abrazar) ; com- 
prenderéis que no es sólo posible, sino fácil, 
comer todos los días ; os convenceréis de que 
las ninas pálidas y rubias de mirar tortolino 
gustan más del galanteo de un hombre fuerte, 
vigoroso, elegante y bien oliente, que sepa des- 
lizar en sus oídos algunas palabrejas oportunas, 
que de los madrigales nostálgicos y llorones del 
vate pringoso de luenga y enmarañada cabelle- 
ra, debilucho de espíritu y de cuerpo, é incapaz 
de ganarse el pan de cada día como debe hacer- 
lo todo fiel cristiano. Y acabaréis por conven- 
ceros de que ese poeta Isaías Gamboa, del rin- 
cón más tenebroso de los Andes; y el otro, 



t8 3 



Rafael Conté 

Melquíades Sotomayor, director del Ateneo de 
Tlampanclampec ; y éste, y aquél, y el de más 
allá, son todos unos idiotas ; sí, señores, unos 
idiotas, tal como suena ; y vosotros hacéis un 
papel muy ridículo cuando les dirigís elogios, 
que os pagan luego con un nombramiento de 
socio correspondiente de la academia de Santa 
Fe de Cucurumacacá, ó cosa por el estilo. 

Yo les diría todo esto ; y añadiría, para ter- 
minar: 

Tened cuidado, mis jóvenes amigos: os es- 
táis con virtiendo en algo peor que el hazme reír 
de la humanidad : sois ya su hazme sonreír. Y 
si la risa es mala, la sonrisa es atroz. 



Habana, Octubre de 



184 



EL REPÓRTER 



T, 



o report es el infinitivo de un verbo inglés, 
que libremente traducido al castellano significa 
la mar de cosas. 

Avisar, notificar, anunciar, comunicar, dar 
parte . . . todo esto se dice — 6 puede decirse— 
en buena fabla anglo-sajona, to report. 

Dicho esto, no es necesario añadir que report- 
er— derivado de to report — significa la persona 
encargada de anunciar, dar aviso ó hacer saber 
á las demás todo ó algo de lo que ocurre por 
esos mundos de Dios. 

En los periódicos americanos, en los ingleses, 
aun en los españoles (y este «aun» va sin inten- 
ción de lastimar á nadie) un repórter es todo 
un personaje. Antes de ser admitido como tal, 
tiene que hacer un largo y penoso aprendizaje, 
y demostrar teórica y prácticamente que reúne 
aptitudes para el oficio. 

Un repórter está obligado, en primer lugar, 

185 



Rafael Conté 

á no ser un sabio, y en segundo lugar, á no 
figurarse que lo es. Tiene, además, que ser 
activo, inteligente, laborioso, muy amante de 
su profesión y nada literato. 

Al redactar sus notas debe procurar hacerlo 
con claridad, y siempre que sea posible, con 
concisión, omitiendo lo que el sentido común y 
el buen gusto aconsejan omitir. 

Siendo la parte informativa de un periódico 
moderno acaso la más importante — puesto que 
es la que cuenta con mayor número de lectores 
— el director debe cuidar de que sus repórters 
no limiten sus esfuerzos á traer noticias, sino 
que también está en el deber de exigirles que 
las redacten como Dios y el buen sentido 
mandan. 

Tanta importancia conceden á esto los ame- 
ricanos, que en todos los grandes diarios de los 
Estados Unidos hay redactores especiales, lla- 
mados con mucha propiedad «correctores de 
estilo», cuya misión consiste en dar forma á los 
trabajos reporteriles que adolecen de defectuo- 
sa redacción. 

Si en los periódicos cubanos contásemos con 
esos correctores de estilo, las informaciones no 
resultarían — como resultan en muchos casos — 
cabeza abajo ; es decir que empiezan por donde 
debían acabar. 



1 86 



Impresiones Americanas 

Se trata de un suceso de importancia, por 
ejemplo: del Crimen de ayer. 

Un repórter inexperto, empieza su informa- 
ción en esta forma: 

«En la calle de tal, número tanto, del pinto- 
resco barrio de cual, reside desde hace muchos 
años, en unión de su distinguida familia, el 
probo é inteligente empleado señor Fulano, 
persona de relevantes méritos y reconocidas 
dotes de laboriosidad y honradez. 

«Una de las hijas del señor Fulano, llamada 
María, preciosa joven que acaba de cumplir 18 
años, sostenía desde el mes de Noviembre del 
pasado año, relaciones amorosas con un joven 
de apellido García, companero de oficina del 
señor Fulano. 

«Parece que María, disgustada por ciertas 
desavenencias que tuvo con su novio, resolvió 
romper definitivamente con él, marchándose al 
campo en compañía de su señora madre, doña 
Fulana, y de su primo, el joven señor M engañi- 
to de Cual. 

«Celoso el García, resolvió dar muerte á su 
rival odiado ; y en la madrugada de ayer, en 
momentos en que Menganito salía de la esta- 
ción del ferrocarril . . . etc. ». 

Lo lógico sería empezar la información de 
esta manera: 



187 



Rafael Conté 

«Como á las cinco de la madrugada de ayer, 
fué asesinado el joven Menganito de Cual, por 
don Fulano García, en momentos en que salía 
en un carruaje de punto de la estación del fe- 
rrocarril, m 

Y luego — como detalles informativos de im- 
portancia secundaria — hablar de los móviles del 
crimen ; de la honradez y laboriosidad del probo 
empleado y del viaje de la niña al campo, en 
compañía de su mamá. 

Habana, Enero de 1008. 



:88 



A LA JUVENTUD CUBANA 



c 



<_^asi todos los artículos que forman los capítu- 
los de esta obra fueron escritos en aquella época 
feliz en que Cuba, nación independiente y so- 
berana, se ofrecía al mundo como ejemplo vivo 
de lo que pueden la abnegación, el patriotismo 
y la cordura de un pueblo. 

; Con cuánto placer y, al mismo tiempo, con 
cuánta tristeza acude á mi memoria el recuerdo 
imborrable de aquella pequeña república, tan 
ordenada, tan floreciente, tan digna de admira- 
ción y respeto! ; de aquella república que yo me 
complacía en presentar, como modelo, ante esos 
mismos americanos que entonces nos aplaudían 
con entusiasmo, y que hoy (¡vergüenza para 
nosotros!) nos contemplan con lástima, ó nos 
miran de soslayo con desprecio. 

Y, sin embargo: á pesar de todas nuestras 
faltas, de todos nuestros errores y de todas 

189 



Rafael Conté 

nuestras culpas, no necesitamos que nos com- 
padezcan, ni merecemos que nos desdeñen. 

La inexperiencia del pueblo cubano, su de- 
fectuosa preparación para el gobierno propio y 
acaso más que nada, su detestable educación 
hispano-tropical, fueron causa de que se hundie- 
ra la república que á costa de tantas lágrimas 
y tanta sangre habíamos fundado. 

De esa catástrofe que á todos por igual nos 
afecta, no debemos — ni honradamente/>¿?¿/¿ , 7/z<?.s' — 
culpar á nadie por separado; pero, al mismo 
tiempo, podemos y debemos acusarnos todos en 
conjunto. 

Pero no basta con que reconozcamos el error 
pasado. Para que Cuba se levante del estado de 
postración y enervamiento en que yace; para 
que logremos verla de nuevo próspera y feliz 
(tan próspera y feliz como ella merece ser y 
nosotros queremos que sea) es preciso que nos 
arrepintamos de lo hecho, é indispensable que 
hagamos firme propósito de enmienda. 

Nos encontramos, precisamente, en uno de 
esos grandes momentos históricos en que la sal- 
vación de un país depende de la honradez y del 
patriotismo de sus hijos. 

De lo que hagamos ahora dependerá lo que 
tendremos que hacer luego. 

No debemos echar en olvido que una falta 



190 



Impresiones Americanas 

(la más leve) puede precipitar una catástrofe 
irreparable, una catástrofe que al convertir á 
Cuba en factoría de una poderosa nación ex- 
tranjera, reduciría á los cubanos á la humillan- 
te condición de parias. 

¡Evitemos que tal suceda!; ¡evitémoslo los 
patriotas por decoro! ; ¡evitémoslo todos por es- 
píritu de conservación! 

¿Qué importa que Cuba prospere y se engran- 
dezca al amparo de ese pabellón de las estrellas 
y las barras, que en días de gloriosa memoria 
tremoló junto al nuestro, pero que hoy amenaza 
con flotar en lugar suyo? ¿Qué importa que 
bajo el gobierno de los yankees aumente el va- 
lor de los terrenos, y florezca la industria, y 
renazca la agricultura y se extienda el comer- 
cio? ¿Qué importa que el suelo que pisamos 
llegue á valer diez, cien, mil veces más de lo 
que hoy vale, si toda esa prosperidad y toda esa 
riqueza estarán en manos extrañas? ¿Qué im- 
porta que Cuba se transforme en un paraíso, 
si no seremos sus hijos quienes habremos de 
disfrutarlo? 

Preguntad á los boers, preguntad á los puer- 
toriquenos, preguntad á los tunecinos, si la 
prosperidad de que hoy gozan sus respectivos 
países les afecta y beneficia á ellos en lo más 
mínimo. 



191 



Rafael Conté 

\ Impidamos á toda costa que esta tierra, don- 
de nacimos deje de ser nuestra patria, para 
convertirse en nuestra cárcel ! 

Y ¿quién, juventud cubana, quién con más 
eficacia que tú podrá impedirlo? ¿quién con 
más derecho que tú lo impediría? ¿quién se 
atrevería á disputarte el honor de guiar á nues- 
tro pueblo por la senda del bien, á ti, que eres 
buena, á ti, que eres robusta, á ti, que eres he- 
roica, á ti, que eres grande? 

¡ Lucha sin tregua, juventud cubana! ; ¡arran- 
ca de tu corazón noble y generoso el germen 
deesa terrible enfermedad que aniquila á casi 
todos los pueblos de nuestra raza, y que se 
llama odio de partidos . . . 

Y suceda lo que suceda, y tomen los aconte- 
cimientos el sesgo que tomaren, tú debes siem- 
pre pensar que Cuba está sobre todo y muy por 
encima de iodos. 

; vSé laboriosa, juventud cubana ; sé honrada, 
sé enérgica, y sé, antes que nada, amante — muy 
amante — de tu patria, y celosa — muy celosa — 
de su honra! 

Habana, Septiembre de 1908. 



FIN. 



192 



ÍNDICE 

Páginas 

Al lector 7 

¿Prólogo? 11 

La Mujer Americana . -. 15 

Race Suicide 23 

El fanatismo religioso en los Estados Unidos . . 27 

Mi amigo Nakamura 39 

Thanksgiving 45 

Turquía en New York 51 

Iniciales 57 

San-Pi-Lo 61 

Elecciones 6¿ 

A. D. Una entrevista con la Divina Sarah .... 71 

La cultura americana 83 

El Convulsivo 89 

El tren moderno 93 

El valor de un beso 99 

El Parlamento de la Prensa del Mundo 105 

Aventuras de un repórter 109 

Una interview 125 

¡Viva la Paz! 135 

Oros son triunfos 139 



índice 

Páginasi 

Sanidad y ciudadanía 143 

Smith y Bransfield 147 

Buenos oficios 151 

¡Hail Columbia! 155 

La doctrina de Monroe 15 

Mercado de popularidad i- 

Donde menos se piensa salta Mahoma rt 

El placentero Mr. Taft 171 

El Jurado I75¡ 

Decadentismo 181 

El repórter 1S5 

A la juventud cubana 189 



i